Lolo Echeverría Echeverría

La clientela nacional

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Sábado 25 de mayo 2019

La democracia, se supone, debe estar compuesta por ciudadanos, pero la política convirtió al pueblo en clientela. El ciudadano es individual, consciente, sujeto de deberes y derechos. El cliente es parte de un conjunto, una masa de personas que se someten al amparo o protección de otra y normalmente obtienen algún beneficio.

La clientela se mueve por oleadas, obedece a consignas indescifrables cuyo origen se desconoce.

Los políticos creen conocer el arte de provocar esas oleadas clientelares y se deleitan con el poder que otorga el respaldo incondicional de una clientela. Pero el político vive también con el temor permanente de que alguna acción u omisión, algún error o descuido, algún enemigo oculto provoque una oleada clientelar adversa.

Cuidar la popularidad, cultivar las encuestas y los estudios sociales, son mecanismos científicos para reducir ese temor instintivo de los políticos a las clientelas.

Conocer las tendencias, los estados de ánimo, el humor de las veleidosas clientelas es una necesidad para la supervivencia política de un gobierno. Cuando empieza a revertirse una tendencia o el clima popular se torna pesado, indescifrable, los operadores políticos se inquietan y buscan las medidas milagrosas o mágicas que devuelvan el control de la clientela. Se les puede aplicar la frase de Carlos Monsiváis que expresaba muy bien su propia perplejidad: “O ya no entiendo lo que está pasando o ya pasó lo que estaba yo entendiendo”.

En estas condiciones de desconcierto está nuestro país. Ni se toman las medidas ni se pueden aplazar por más tiempo. Los que estaban seguros ahora se muestran medrosos. Los expertos parecen principiantes, se multiplican los errores en las decisiones y la comunicación es confusa.

Las recetas de los expertos son clarísimas: hay que reducir los gastos y mejorar las recaudaciones, pero nadie se atreve a aplicar la receta. ¿Reducir la burocracia y aumentar los impuestos? ¡Dios salve al gobierno!
El momento es peligroso. Los que se mostraban ahítos de certezas, se muestran ahora distraídos y calculadores. La misma abulia de la clientela parece un mal presagio. No se sabe si estamos para que estalle todo o que no pase nada. No se puede precisar si una simple decisión más será el detonante, o si un rato más sin decidir nada sea lo que provoque el estallido. Mientras tanto hay que seguir aferrados a las rutinas, como si todo estuviera funcionando.

El gobierno seguirá aplazando las medidas y el Consejo Electoral seguirá aplazando la entrega de credenciales al nuevo Cpccs; los correístas seguirán pidiendo la revocatoria del mandato y el CNE seguirá negando los formularios para recoger las firmas; los líderes seguirán conformando mayorías y los asambleístas seguirán disputándose las comisiones; seguirán con el diálogo nacional y seguirán gastando en publicidad oficial; seguirán apareciendo denuncias y seguirán eludiendo la fiscalización. Todo seguirá igual, hasta que pase lo que estábamos entendiendo.