¿El centro es una utopía?

Si se realiza una exploración de los 40 últimos años de la democracia se puede llegar a una extraña conclusión: el centro como ubicación política y la concertación como instrumento de negociación es difícil y en los tiempos actuales son casi imposibles. Es la voz del caudillo sin concesiones para la victoria o la derrota.

En los primeros años del retorno, desde Jaime Roldós hasta Sixto Durán Ballén, el centro político fue posible y coadyuvó al fortalecimiento de la democracia. A pesar de la etapa histórica -plena guerra fría- no cayeron en los extremismos ni de derecha ni de izquierda. Por ese motivo, es necesario redescubrir el rol y el valor de los partidos donde la voz colectiva de una directiva o algo parecido, pero de igual nivel, acompañe, asesore y limite al líder o al presidente. En un escenario de esas naturalezas no es probable que surjan Mesías ni profetas invencibles que, enloquecidos, repitan la frase maldita de la política de Occidente: “El Estado soy yo”.

Concluida la paz con el Perú y estabilizada la economía por la dolarización- a un injustificado cálculo de 25 000 y no 15 000 sucres por dólar- las agendas partidarias se archivaron y solo la competencia de caudillos cubrió el menú de la nación. En esas condiciones, lograr un desarrollo institucional y estabilidad política son utopías; mucho más rentable es el encanto del caudillo sea de izquierda o de derecha, aunque generalmente terminen sus gobiernos en un centro improvisado.

Ante lo sucedido en el frío domingo pasado en Buenos Aires y en general en toda la República Argentina habrá que estudiar, sin precipitaciones, la situación en los otros países e. ¿Se atreverán los chavistas a reclamar las preseas del triunfo y enarbolar la espada de Bolívar o los extremistas de derecha se considerarán iluminados por una señal divina y emprenderán una cruzada a nombre de “Dios, Familia y Propiedad”?

Tiempo pasará hasta que podamos comprender desde la mitad del mundo que lo sucedido en el país frente al Río de la Plata es más argentino que continental. Que no puede ser atribuido a un triunfo del peronismo, cristinismo o Kirchnerismo. Es el resultado de una confrontación entre medidas más que un modelo que se pretendió imponer bruscamente luego del populismo anárquico del gobierno de doña Cristina y cuyo alto costo social no fue debidamente analizado ni neutralizado antes de una cruel recesión. Incluso, Mauricio Macri, en la noche de la derrota, admitió que se ha sufrido de prepotencia y vanidad, elementos consustanciales de la extrema derecha.

Se desconoce si lo sucedido en tierras argentinas servirá para superar la diatriba nacional por el tema del aborto y si deben acudir los bomberos y los boyscouts para la defensa de la seguridad ciudadana; por tanto, no hay que sorprenderse por el quiebre del tango o la milonga y salir a proclamar como vacas locas que llegó el fin del mundo

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