Marco Antonio Rodríguez

Cauja

Lo veo junto a una de sus esculturas públicas, la de un inmenso bagre (el pez insignia de Guayaquil según el artista, desnudo de escamas, picudo y con ralas barbas en la zona gustativa). José Antonio Cauja (Guayaquil, Ecuador, 1954), noble junco trashumante que emergió del río Guayas convertido por algún sortilegio en artista escultor. El rostro y las manos pétreas como talladas en la piedra que él tanto ama y de la cual extrae sus esencias.

Cauja vive en un espacio apartado junto a su compañera y su hija. Allí ha levantado su universo, junto a sus ayudantes devenidos en aprendices que conviven con él, ‘pasando la piedra’, serruchando troncos, lijando, lavando, puliendo, indesmayables, levantando y bajando, cinceles y martillos de escaleras y andamios, picardeando, amando lo que hacen.

Rastrear en los meandros ocultos de Cauja, conocer sus desazones y regocijos, su energía solar, que le ha permitido salir airoso de la escasez y la abundancia, de la frustración y la gloria, de la mezquindad y del sentimiento de minusvalía que signan nuestra idiosincrasia, es vivencia única.

Sabio y tenaz celebrante de series escultóricas que han sido consagradas por el tiempo, Cauja, giróvago y vagamundos, es un andariego que busca en su vida y no halla, y que por eso, no cesa de escudriñar. Varias series marcan el itinerario creacional de este artista escultor. Desde sus inicios ya estaba la mujer como el más significativo tema de su arte, para él es la matriz de la cual se desprende gran parte de su obra, ‘ella es la principal fuente de mi creación, proclama, La Mujer, la Naturaleza, con mayúsculas, luz de luces’.

El artista quiso hacer y deshacer del mármol y lo logró. El proceso fue lento. Llegar a esas masas blancas tan suyas, es fruto de un arduo, denodado oficio cuya datación se pierde en el tiempo. Son secuencias que convocan e invocan memorias amorosas, sucesos perdidos, episodios vivenciales.

Lo más cautivante de sus nuevos ciclos fueron las formas que remitían a la carnalidad del ser humano, vida esplendente y suntuosa. Ondulaciones, excavaciones, fisgoneos en el ser. La vida, parecía decirnos Cauja, es un ciervo herido cuyas flechas le conceden alas. ‘Oh plumas destinadas/no al árbol ni a la hierba, ni al combate,/ni a la atroz superficie,/ni al taller sudoroso,/sino a la dirección y a la conquista/de un fruto transparente.’

Así se fragua la esplendente madurez de un soberbio escultor. Amor, erotismo, sensualidad, las contraseñas de su creación. La naturaleza esparcida en todas ellas. No al hieratismo, a lo grave y solemne. Cauja rompe el hielo. Fractura el academicismo. Rehúye los códigos. Es un sibarita que esculpe con finura incluso las estructuras en la piedra más rústica o en madera petrificada, convirtiendo su arte en percepción del espacio, en continuidad de nuestra existencia. La sustancia de las esculturas de José Antonio Cauja gravita en el espectador en silencio: respiración de un ánima que nos torna posesos de ella.

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