Fernando Tinajero

Casa tomada

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Jueves 26 de noviembre 2020

Sí, me refiero al cuento que Cortázar incluyó en “Bestiario” (1951). Como es muy conocido, no necesito recordar todos los detalles de la trama de esta pieza magistral; baste decir que una pacífica pareja de hermanos vive en la casa heredada de sus padres y no hace daño a nadie, él entregado a sus lecturas francesas, y ella a sus labores. Inesperadamente, alguien (un “alguien” plural y desconocido) se ha instalado en la parte trasera de la casa, y los hermanos aceptan tácitamente su presencia, sin hacer nada para expulsarla; pero paulatinamente, ese “alguien” misterioso, que nunca es identificado, va apoderándose de más y más dependencias de la casa, hasta que se apodera de toda ella. Cuando al fin salen los dos pacíficos hermanos, lo último que hace él es arrojar la llave a una alcantarilla.

Como ocurre con las grandes piezas de la literatura, muchas han sido las interpretaciones de esta extraña historia; una de ellas sugiere que se trata de una metáfora de la Argentina, que va cayendo paulatinamente en las manos del populismo de Perón. Los pacíficos argentinos, que no hacen nada por frenar su avance, tendrán que marcharse luego al extranjero.

He recordado ese cuento al pensar en la actual situación del Ecuador. Tal como lo veo ahora, es ya una casa tomada por dos fuerzas extrañas que el estado no ha podido combatir con eficacia: el covid-19 y la delincuencia. Entre estas dos fuerzas ha sucumbido un Estado inepto y mentiroso: ha desaparecido la noción de ciudadanía, se ha perdido todo respeto a las leyes. La delincuencia domina el escenario y las fuerzas del orden se baten ya en retirada. La pandemia termina la faena: contagia, mata, sobrepasa los débiles recursos de un sistema de salud, infiltrado también por la delincuencia. El ministro de ramo, claro, acaba de decir nuevamente que todo está controlado. Así, el escenario está ya preparado para recibir al populismo. ¿Y la gente? Bien, gracias; vive como puede, pero no deja de encontrar pretextos para la farra.

¿Cómo hemos llegado a esto? Para qué repetirlo, si ya todos lo sabemos. Ha sido siempre tan débil nuestro Estado, que bastaron diez años para esquilmarlo, haciéndolo a la vez gordo y pesado, tan pesado, que se hizo torpe, lerdo, inútil. Y como si eso fuera poco, vinieron después cuatro años de una lenta pero constante entrega al interés privado. Sus “grandes logros” fueron alcanzados en favor del “sector productivo” (¿regulado?), es decir, en favor del capital, bajo el argumento de que así se combate al desempleo (pero a pesar de todo, el desempleo avanza). Sería suficiente revisar la nómina del gabinete para saber quién gobierna. Nadie, por desgracia, que represente a los de abajo: frente a ellos, este Estado ineficiente nunca pudo salir del paternalismo dadivoso –y ya sabemos que quien otorga dádivas necesariamente se pone por encima de quien las recibe.

Así, pues, la casa está tomada.