Monseñor Julio Parrilla

Capaces de soñar

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Domingo 02 de octubre 2011
2 de October de 2011 00:08

Madrid ha sido, durante el pasado mes de agosto, el rompeolas de todas las culturas, razas y tradiciones. Y lo ha sido de la mano del Papa, en una jornada multicolor que ha reunido a cientos de miles de jóvenes católicos de todo el mundo. La jornada, más allá de la disidencia propia de una sociedad democrática y plural, ha sido un éxito del que debemos alegrarnos todos, creyentes y no creyentes. ¿Por qué? Porque esta vitalidad de la Iglesia nos reclama vivir atentos a una realidad que, gracias a Dios, es un real fermento ético en medio del mundo.

Hoy muchos se empeñan en proclamar la muerte de la Iglesia, dejan en evidencia sus falencias y miserias y sostienen que la crisis corroe sus entrañas... De acuerdo, las relaciones de poder, la sociedad y la cultura globalizada han cambiado el escenario, pero yo creo que lo que hemos visto en Madrid deja en evidencia la fuerza y la vitalidad de este resto que, en medio de la espesura de la laicidad, sigue entusiasmado a su Señor. Me atrevería a decir que nunca la Iglesia ha dado tantas muestras de vida y de cohesión como en este tiempo, bajo los pontificados de Juan Pablo II y de Benedicto XVI. Ni siquiera la cultura laica ha podido derrotar a la fe. La llamada cultura laica no es más que una forma de cultura que se mueve en otros parámetros de expresión y de valor, en medio de valores, creencias y sentimientos a los que el hombre no está dispuesto a renunciar.

¿Qué buscaban los cientos de miles de jóvenes que acudieron a la cita papal? ¿Un espacio de encuentro, de fiesta y de turismo? Sin duda que todo eso y algo más. Contemplar a dos millones de jóvenes en silencio, adorando a la Eucaristía, en medio del barro y de la lluvia, saboreando el misterio, da mucho que pensar. No eran curuchupas ni tontorrones, sino jóvenes universitarios, profesionales, trabajadores... pero eso sí, creyentes sinceros, todavía enamorados de la utopía del evangelio.

Una sociedad laica debería de sentirse orgullosa de ellos. Mientras el Estado viva su propia autonomía laica, debería de agradecer la presencia de los creyentes y de aceptar cualquier leal colaboración. La religión es fundamental para el desarrollo social y político de los pueblos. Es una garantía frente a sus excesos, pongo por caso la corrupción que atenaza su desarrollo. La sociedad laica no puede prescindir de los fermentos morales que de forma crítica la purifican y sostienen. Y la religión es uno de esos fermentos imprescindibles.

He hablado con muchos jóvenes que han ido a Madrid, cerca de 2 000 ecuatorianos. Dicen que han hecho algo más que turismo. Dicen que se han sentido cristianos, ciudadanos del mundo, capaces de soñar y de apostar por algo nuevo. Y yo les creo porque sé que dicen la verdad. Y, además, me alegro porque estoy convencido de que un planeta que reúne a dos millones de jóvenes en torno a Jesús y a su proyecto ético, es un planeta salvado.

El anciano Papa, austero en gestos y lúcido en pensamiento, fuerte en su fe, seguirá convocando y los jóvenes volverán a soñar.