Marco Arauz Ortega

Buen candidato, mal presidente

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Domingo 27 de diciembre 2020

El uso de campañas basadas en la información de la big data permite a los políticos manipular las emociones del electorado. Ecuador no es ajeno al fenómeno y, desde luego, tampoco la manipulación es nueva, pues antes se hacía por otros medios quizás más obvios y menos ‘invisibles’ que ahora. Para ser buen candidato hay que tener los suficientes recursos.

Eso no quiere decir que no haya buenos candidatos que luego son buenos presidentes, pero es más común observar cómo buenos postulantes se convierten en malos mandatarios nada más llegar a la Casa Blanca o a Planalto. Vivimos en el mundo de una comunicación segmentada y distante, lo cual cobra mayor sentido a propósito de la pandemia.

Es fácil ver que los candidatos y presidentes menos democráticos son aquellos que no creen en una comunicación con medios y mediadores sino que actúan como grandes ‘influencers’. Sienten que no necesitan nadie entre ellos y ‘su electorado’, que paradójicamente después termina dando las espaldas a esa relación en algún momento espectacular.

En el Ecuador hemos tenido ejemplos de excelentes productos comunicacionales que luego han sido malos mandatarios. Al contrario, algunos tuvieron un buen desempeño pese a no haber sido grandes comunicadores como Velasco, Bucaram o Correa, o haber llegado por accidente o a pesar de ellos a Carondelet debido a una designación.

Isidro Ayora, Aurelio Mosquera o Galo Plaza están más cerca del ciudadano que toma la Presidencia como un mandato y no como un derecho divino, como una obligación antes que como un motivo de fasto y de soberbia. Al contrario, algunos se vuelven coléricos ante cualquier reclamo -incluida la corrupción, necesaria para mantener a los ejércitos de lambones- y quieren imponer a la sociedad sus creencias y sus valores.

Antes, pero también ahora, cuando la política está más desprestigiada que nunca a causa de dirigentes que no supieron conectarse con la realidad y se encumbraron en lo más alto de sus egos, cuán acertada es la teoría -llevada parcialmente a la práctica con éxito- de David van Reybrouck, quien promueve el sorteo entre ciudadanos para elegir legisladores.

La tesis de este historiador belga se reduce a que la democracia está en crisis porque nadie se siente representado, y a que todo funcionaría mejor si el personaje no se dedicara a pensar desde el primer minuto de su elección en cómo ganar la siguiente. Cuán lejos estamos de esa posibilidad en un país políticamente cada vez más segmentado y en el que varios candidatos a la Asamblea buscan impunidad.

Frente a las numerosas opciones presidenciales, cabe preguntarse quién puede ser el mejor presidente: quién es el mejor ciudadano, quién tiene menos intereses que defender entre manos, a quién le cabe el Ecuador en la cabeza y en el espíritu. Difícil, ¿verdad?