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Sábado 14 de julio 2012
14 de July de 2012 00:03

Las campañas electorales son adecuadas para calificar la salud democrática de los países. Si el presidente en ejercicio puede participar en la campaña electoral, si restableció la reelección y se aprovecha de ella, réstele un punto porque esa democracia no ofrece las mismas oportunidades a los aspirantes. Si el candidato oficial asegura que organizar cadenas nacionales y utilizar recursos del Estado para hacer proselitismo es un derecho constitucional, réstele otro punto porque esa democracia no hace diferencia entre fondos de campaña y fondos públicos como exigen la ley y la moral.

Si la justicia está a merced del jefe de Estado y es él quien califica a los jueces, réstele otro punto porque a esa democracia le faltan condiciones fundamentales como la independencia de funciones y el equilibrio de poderes. Si la bancada oficialista se niega a investigar la corrupción en la que están involucrados personeros, réstele otro punto porque la corrupción se hará incontenible. Si el candidato oficial defiende los intereses de dictadores como los de Irán, Bielorrusia, Siria, Cuba, réstele otro punto porque, tarde o temprano, terminará como ellos y dilapidará los recursos comprándoles tanques, fusiles y aviones. Si con cualquier pretexto cierra los medios que no comparten su ideología y los acusa de urdir planes para desestabilizar al Gobierno, réstele otro punto porque no hay democracia sin tolerancia, sin respeto a las minorías, sin libertad de opinión. Si los organismos electorales son complacientes con el candidato oficial y estorban la campaña de los opositores, réstele otro punto porque esa democracia ha quedado reducida al rito del voto pero se ha vaciado de contenido; el pueblo ha dejado de ser el dueño del poder.

Estas son las características de la campaña electoral de Venezuela; en apenas 12 días se han delatado todas las debilidades de una democracia retórica, librada a los caprichos de un líder incapaz de concebirse fuera del poder. Por eso el candidato opositor dice que es la campaña del correcaminos contra el coyote. Recorre los caminos y visita de puerta en puerta a los electores mientras el coyote se pasa urdiendo la forma de destruirle, inventando trampas que nunca le resultan.

Todas las campañas que organizan los caudillos populistas son idénticas porque comparten los vicios y ambiciones tan bien descritos por Enrique Krauze en sus rasgos esenciales: una figura providencial que usa la palabra como vehículo de su carisma, fabrica la verdad y desprecia el orden legal; utiliza discrecionalmente los fondos públicos o reparte la riqueza a cambio de obediencia, alienta el odio de clases aunque atrae a los “empresarios patrióticos”, fustiga al enemigo exterior y, como efecto inevitable, subvierte a la democracia.