Fernando Carrión M.

Caballo loco hasta el final

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Martes 23 de abril 2019

Por donde ha pasado Odebrecht ha construido estados mafiosos. Ha sido como el Rey Midas, pero al revés: mientras Midas todo lo que tocaba lo convertía en oro, Odebrecht todo lo que tocaba lo hacía una escoria. Tuvo un departamento encargado de financiar fraudulentamente campañas electorales y realizar obra pública, también de forma fraudulenta.

Odebrecht sustituyó la lógica de la representación democrática de una persona, un voto, por campañas que compran lealtades, sustituyendo la representación del soberano por los intereses de una constructora. Por otro lado, una vez obtenido el triunfo electoral, bajo los mismos mecanismos corruptores, definía las políticas públicas del gobierno de turno. Algo muy parecido a las empresas encuestadoras, que reemplazan a los votantes y luego definen lo que se debe hacer.

Así operó en Brasil (349 millones), Argentina (35), Ecuador (33.5), Perú (29), Colombia (11) y México (10.5 millones), entre otros. Resultado de esta corrupción tenemos varios mandatarios presos en Guatemala, Panamá y Brasil, siendo el Perú el que tiene la más alta densidad de presidentes presos por país: desde 2001 los cuatro presidentes que lo han gobernado están bajo investigación de la fiscalía; dos de ellos privados de la libertad (Humala y Kuczynski), otro prófugo (Toledo) y el último acaba de suicidarse (García). También se encuentra presa Keiko Fujimori, dos veces finalista en elecciones presidenciales, hija del expresidente Alberto Fujimori, quien también guarda prisión por crímenes de lesa humanidad, robo y corrupción.

Es por esta historia de corrupción que produce estados mafiosos, que el suicidio de Alan García no puede quedar en el limbo y mucho menos en la construcción de un mártir, con su propio domingo de resurrección. En los lugares que la justicia ha logrado llegar a los niveles más altos del poder, los corruptos y sus seguidores han esgrimido la persecución política, la ausencia de pruebas y la extralimitación de fiscales. Esto podría tener más sentido si la investigación no continúa y si la justicia no determina con pruebas la configuración del delito.

Alan García buscó asilo en la Embajada de Uruguay -como lo hizo antes en Colombia y Francia- pero esta vez su argumento de perseguido político no surtió efecto. Se quedó sin alternativa, porque tenía prohibición de salida del Perú. El recurso del suicidio terminó siendo su última oportunidad para no responder a la justicia; lo cual tampoco debería detener el proceso jurídico. Por eso ahora más que nunca se espera que la fiscalía y la justicia actúen en derecho de la manera más rápida posible. Como dijo el presidente Moreno, “cada quien escoge la forma de vivir y también de morir”, y Alan García -Caballo loco- escogió lo uno y lo otro, siendo la forma de morir por la que pasará a la posteridad.