Diego Pérez

Blixen, darling

valore
Descrición
Indignado 0
Triste 0
Indiferente 0
Sorprendido 0
Contento 0
Domingo 05 de agosto 2012
5 de August de 2012 00:03

Al parecer, la baronesa Karen Blixen (1885-1962) honraba a la perfección aquella famosa frase de Casanova respecto de que se debe dejar las mujeres bonitas para los hombres sin imaginación. Las fotos que la descubren todavía joven dejan ver a una mujer que hoy llamaríamos “interesante”, es decir una mujer que no necesariamente encaja en los estándares de la belleza de pasarela o de vitrina, que reñiría con las siliconas y que arquearía las cejas y torcería la boca ante la atrevida mención de palabras como liposucción, bronceado por soplete, “botox” (por acá me corrigen que el nombre científico es “toxina botulínica”) y cuestiones de ese tenor. Es decir, la baronesa no coincidiría con nuestros estándares actuales de lindura femenina: no sería una supermodelo que padece de anorexia, ni una deidad, ni caminaría por alfombra roja alguna, ni sería una estrella en Twitter ni aparecería en el canal E! Las fotografías de cuando ya era famosa (es decir, una escritora consumada) la revelan todavía más políticamente incorrecta para los tiempos que corren: una mujer aficionada a cubrirse de pieles de animales raros (armiños, zorros y nutrias, supongo), sombreros del viejo régimen, collares de perlas, a menudo sosteniendo un cigarrillo humeante, enganchada a una juiciosa dieta de ostras y champán, pero siempre con una arrogante mirada de quien se sabe –o se cree- superior. Es decir, Karen Blixen quizá haya terminado en la cama de Giacomo Casanova, pero jamás en la de Brad Pitt.

Pero si dejamos de lado las frivolidades y lo que pudiera ser o parecer superficial, lo cierto es que la baronesa, comanda una prosa exquisita y de una de las obras literarias más macizas del siglo veinte. En esencia una cuentista, Blixen, que solía escribir bajo el nombre de pluma de Isak Dinesen, sin exageraciones merece estar en el podio con los otros grandes del relato corto: Guy de Maupassant, Chéjov o el tan cercano Jorge Luis Borges, con quien compartía ese fino gusto por la mitología nórdica, por los mares fríos y por los paisajes glaciales. No se olviden de que el maestro argentino, en uno de sus viajes a Europa pidió pasar por lugares de significación literaria: en una playa báltica se arrodilló, tocó el mar y recitó voz en cuello poemas sobre los vikingos. En una rápida visita a Dinamarca visitó el castillo de Elsinore, donde se ambientó Hamlet.

Su vida misma puede ser material para la ficción –de hecho, lo ha sido para el cine- casada con un primo que le transmitió sífilis, apostó y perdió su fortuna en una finca cafetera de Kenia, donde ganó fama de eficaz cazadora. En fin, como para encontrársela en una comida, cualquier ventosa noche de estas.