Pablo Cuvi

La atracción del mal

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Sábado 11 de enero 2020

Mirando a Joaquín Phoenix alzarse con un Globo de Oro por su extraordinaria caracterización del protagonista de esa película que es una premonición de la rebelión de los resentidos, pensé que el antihéroe favorito de los periodistas nacionales no es el Guasón ni ningún otro personaje de ficción, sino Rafael Correa. Pero a fuerza de criticarlo y achacarle todos los males del país lo hemos convertido en el único político que se yergue en la vereda de enfrente con un halo de perseguido, una estrategia de revancha, un aire antisistema y un voto duro que supera el 15%.

Esa oposición me recuerda a la campaña del 96, cuando un Nebot con terno y corbata intentaba denigrar a su adversario creando ‘el repugnante otro’ pero con cada ataque aumentaba el voto vergonzante de Abdalá. Sería una pesadilla para Jaime Nebot, ya viejo, volver a enfrentar en la segunda vuelta el mismo dilema: pueblo vs. oligarquía.

Otro viejo que tuvo una noche de pesadilla en los Globos fue el maestro Scorcese porque ‘El irlandés’ se quedó con los churos hechos. Explicable, pues si hay un tema trillado son las mafias italianas. Y el rejuvenecimiento digital solo volvió más patético el hecho de que Pacino y De Niro vieron mejores días y mejores películas desde que estuvieron juntos en ‘El Padrino II’, clímax del género mafioso.

En cambio, el maduro Bryan Cox, que representa al patriarca de ‘Successión’, se llevó un merecido premio; y otro lo ganó la misma serie, que cuenta con varios actores jóvenes y poderosos. Lo curioso es que al seguir a los Roy nos conectamos con unos personajes más o menos detestables que tienen la arrogancia de los muy ricos. Sí, tal como el megalómano y peligroso Donald Trump, estrella de un reality poblado de mentiras pero que fue aplaudido a rabiar en su presentación de antenoche en Ohio, donde justificó el asesinato de Soleimani, otro general maligno pero idolatrado por su pueblo, y remedó y se burló de los demócratas al más puro estilo populista. Su candidatura luce imbatible: es la encarnación misma del poder imperial.

Que rima con mal. Y criminal. Y uno se pregunta por qué hay tantas películas de criminales y tan pocas de santos ¿Y por qué, en la iglesia de La Compañía, nos seduce desde la Colonia el cuadro en llamas del Infierno con su Apetitosa y su Deliciosa, en lugar del monótono Cielo pintado enfrente?

A cada rato se cita a Hannah Arendt para llamar la atención sobre la banalidad del mal, pero lo que atrae realmente es la soberbia del mal, el lujo satánico, el aire irresistible del Príncipe de las Tinieblas y de su primo, el Conde Drácula. Tantas películas sobre vampiros cargadas de un erotismo perverso pues, como anotaba un crítico, si sustituimos la sangre por el semen, cada mordida es una cópula intensa y exótica que se roba el alma para siempre. Amén.

pcuvi@elcomercio.org