Ileana Almeida

Atahualpa como símbolo

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Viernes 07 de diciembre 2018

El tiempo ha convertido a Atahualpa en símbolo de profundos significados que trae a la memoria acontecimientos excepcionales en la historia y la cultura de los países andinos. Se conserva en la memoria oral a través de mitos, formas teatrales y relatos. También está presente en documentos escritos, desde las crónicas coloniales hasta los ensayos académicos.

En cada época hay una tendencia a la reconstrucción y conservación del símbolo, pero la imagen de Atahualpa recuerda constantemente antiguos reproches y condenas y, en tanto símbolo, atraviesa el espesor de la cultura y entra en vínculos interculturales.

Como réplica a la muerte de Atahualpa, soberano que amparaba la vida de los hombres, centro del universo y representante de la divinidad suprema, el Sol, surgió el mito de Incarri, el Inca que regresa y que significaba para el pueblo “buen gobierno y bienestar”. El dominico Francisco de Vitoria, jurista y filósofo del siglo XVI, calificó la muerte de Atahualpa como crimen, secuestro y despojo.

De 1665 es el poema atribuido a Jacinto Collahuazo, “Elegía a la muerte de Atahualpa”, traducido por Luis Cordero. La estrofa más sugestiva dice: “Como niebla vi a los blancos en muchedumbre llegar, y oro y más oro queriendo, se aumentaban más y más. Al venerado padre Inca, con una astucia falaz cogiéndole y ya rendido, le dieron muerte fatal.”

En las sublevaciones indígenas del siglo XVIII se desconocía la autoridad del rey de España y se gritaban vivas a don Juan, que no era otro que “el último Emperador Don Juan Ataguallpa”. En el XIX, en la rebelión encabezada por Daquilema se repudian las leyes ecuatorianas, se desconoce al gobierno de García Moreno y se proclama Inca Jatun Apu al líder quichua. El historiador Segundo Moreno considera que los levantamientos indígenas implican conflictos sociales en los que sobreviven símbolos del mundo andino.

En nuestros días han aparecido nuevas lecturas sobre el significado del Inca. El historiador Tom Zuidema, basándose en la Crónica de fray Martín de Murúa, considera que el territorio del actual Ecuador no estaba incluido en el Tahuantinsuyo sino que formaba dos suyos adicionales asignados a Atahualpa, quien habría podido convertirse en Inca de una región independiente, con valor político propio y con la capital en Tomebamba.

En apoyo a esta hipótesis cabe mencionar un dato lingüístico curioso: el número tawa (cuatro, que representaba el modelo del mundo incásico), se volvió inapropiado para una realidad astronómica, económica y étnica nueva. Tawa en la zona norte se cambia por chuscu, que denota desconcierto, pero también separación entre dos cosas o personas.

Si el símbolo es un mensajero del pasado que se proyecta al futuro, la figura de Atahualpa seguirá aproximándonos a la conciencia anticolonial que América Latina necesita.