Monseñor Julio Parrilla

Todo atado y bien atado

valore
Descrición
Indignado 0
Triste 0
Indiferente 0
Sorprendido 0
Contento 0
Domingo 08 de enero 2012
8 de January de 2012 00:03

‘Todo queda atado y bien atado”, fueron las palabras de Francisco Franco pocos meses antes de morir. Lo cierto es que apenas dos años después el régimen saltó por los aires y España vivió, en la Transición, uno de sus momentos más apasionantes. Don Adolfo, en Alemania, inauguró, como si de las olimpiadas se tratase, los mil años de la revolución nacionalsocialista. Nunca un milenio duró tan poco. Apenas 15 años después, el sueño (o la pesadilla) se habían esfumado. Y don Felipe, en España (mucho más modesto) auguraba cien años de socialismo. Apenas duró dos legislaturas. Algo parecido le ocurrió al señor Aznar... Y es que la historia se encarga de corregir nuestros excesos.

Los políticos tienen casi siempre esta voluntad de supervivencia, algunos incluso de eternidad... Y es que el poder emborracha de tal manera que llegan a creerse imprescindibles. Pero ninguna persona o régimen político es imprescindible. A lo sumo, todos somos necesarios mientras vivimos, amamos y trabajamos, tratando de sacar adelante un proyecto razonable y, con él, la vida y la oportunidad que Dios nos da. Pensar que sin mí nada es posible deja puerta abierta a la violencia. Quizá por eso Pierre Joseph Proudhon decía que “la paz obtenida con la espada no es más que una tregua”. Y el papa Pablo VI, siempre lúcido, proclamaba: “Si quieres la paz, trabaja por la justicia”. Necesariamente hay que situar el quehacer político en un horizonte de mayor amplitud y lealtad.

Esto me hace pensar en el valor de la institucionalidad, hoy fuertemente cuestionada por un régimen presidencialista que, a pesar de sus indudables éxitos sociales, debilita el tejido y el futuro de las instituciones del Estado. Un uso indebido de la judicatura, una Asamblea sometida a los intereses inmediatos de unos y otros, la ausencia de una real fiscalización... no auguran nada bueno. De hecho, tan peligroso es penalizar la política como politizar la justicia. Cada cosa en su sitio. El fundamento del sistema democrático es, precisamente, la independencia de poderes. Y esto es lo que un estadista tiene que garantizar. Esta es la diferencia: un gobernante piensa en lo que tiene que hacer pasado mañana y, en función de ello, maneja la situación. Un estadista se imagina un país dentro de cincuenta años y trata de dejarlo bien orientado. Siento que ello solo es posible mediante polí-ticas de concertación y un exquisito respeto y promoción de la institucionalidad.

Echando la vista atrás, veo que siempre hemos tropezado en la misma piedra: populismo, caudillismo, grupos de poder y de troncha... ¿Lo habremos superado? Siento (¡y ya lo siento!) que este sigue siendo nuestro peligro: pan para hoy y hambre para mañana. Es lamentable tener que estar comenzando siempre de nuevo. Y esto ocurre cuando los intereses de grupo o partido, de clan o bancada, se sobreponen a los intereses del Estado y de la sociedad, es decir, al bien común. Soy consciente de la relatividad de todo proyecto humano.