Alexandra Kennedy-Troya

Arte, escándalo y censura

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Jueves 17 de agosto 2017

Desde los años de 1960 en particular, artistas en toda Latinoamérica emplean tácticas diversas para cuestionar la función del arte en sociedades caracterizadas por la represión, la censura y el autoritarismo de facto. Así, León Ferrari, Luis Camnitzer y Antonio Dias exploran temas, materiales y formatos diversos para comunicar a las audiencias nuevos valores. El artista se propone como un “organizador de sentidos” o significados y lo hace muchas veces más allá de la institución. Esta y la década siguiente con artistas como Lygia Clark de la Argentina o Oitica del Brasil usarán, por ejemplo el cuerpo y los sentidos como materiales claves para su propuesta conceptual.

El concepto –en representaciones o acciones- empezará a rebasar a lo representado en sentido literal y estos, los conceptos construidos en las obras en distintas exhibiciones temporales, irán tendiendo una mesa poco grata al poder establecido, llámese poder político o religioso. Lo cuestionan, lo movilizan abierta o veladamente, revelan lo oculto o escondido, la porquería connaturalizada en sociedades pacatas como la nuestra. Esta es la función central del arte contemporáneo: alterar, friccionar el orden. Las protestas sociales urbanas se pueden convertir o resolver también vía el arte, tal el caso de los “Crucificados de La Paz” que mostraron la faz de la exclusión y el empobrecimiento en Bolivia y lo hacían para generar una catarsis colectiva de corte masoquista y lastimero. El arte y la vida misma establecen nuevos vínculos, lejos del arte higiénico y comercial presentado en las galerías convencionales.

Así, el Centro Cultural Metropolitano o el Centro de Arte Contemporáneo en Quito por su propia naturaleza, son espacios para el debate, para cuestionar valores caducos y colonialistas, independientemente de los gustos y formación de los políticos de turno. Y aún a costa del escándalo y la censura, son lugares para generar ideas liberadoras en sus públicos, no lisonjeras y poco trascendentes. Dejen que Disney World y sucedáneos jueguen este rol.

El arte es transgresor. En este contexto, directoras-gestoras como Pily Estrada, valientes e informadas (rara avis), resultan claves. Y claves son exposiciones (no la obra individual descontextualizada que causa escozor en la cúpula de la Iglesia o Municipio) como “La intimidad es política” que redescubren nuestra aberrante naturaleza conservadora, llena de temor e intolerancias y que nos sigue relegando a ser lugares anodinos donde pasa muy poco en términos culturales, donde se carece de reflexión y debate, donde el autoritarismo campea puesto que para librarse de aquello que no se delibera, se clausura una muestra o se sanciona un funcionario. Y viene uno nuevo “blandito” que obedece y hace una mágica regresión a las “bellas” artes del siglo pasado y todos contentos…