Fernando Tinajero

Antero y yo

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Jueves 14 de marzo 2019

Conocí a Antero a mediados de esa década de optimismo engañoso y castillos en el aire, como fue la década de los 70. Si no me equivoco, fue en el 76, cuando él acababa de llegar. Me impresionó su retraimiento, su modo de estar ensimismado, como si no hubiera entendido que se encontraba en este mundo nuestro, donde todos necesitamos estar con los demás. Alguien dijo que parecía un pez en pecera ajena. Tenía una arruga en la frente, honda como un nido, clavada verticalmente entre las cejas. Sin embargo, y aunque me parecía imposible, también tenía fama de díscolo incorregible, de mentiroso y bebedor. Es decir, tenía todo lo que una persona necesita para hacerse antipática.

Sin embargo, no lo era. Algo había en Antero que me hacía sentir hacia él una simpatía incomprensible, un enorme deseo de entender esa contradicción que hacía de él un ser excepcional. Díscolo y retraído al mismo tiempo, irreverente y reflexivo, burlón y generoso… Sus atributos parecían deslizarse desde lo francamente repudiable hasta lo que solemos aceptar de manera espontánea.

Tengo la sensación de que su fama era solo un producto de la maledicencia. Al fin y al cabo, todos terminamos por ser contradictorios, por mucho que hagamos para disimularlo. Comparadas con las que hoy podemos ver a diario, sus “maldades” no eran más que travesuras, ingeniosas maneras de alejar a los demás para estar solo. Es posible que, en el fondo, yo le envidiara. Le envidiaba su indomable libertad, su capacidad de inventar todos los modos de transgredir las normas quiteñas del buen comportamiento, que son las manifestaciones más mojigatas de la inseguridad; le envidiaba su capacidad de juzgar la sucia realidad que nos envuelve, y de juzgarla como si él mismo no estuviera también sumergido en esa realidad irrenunciable.

Varias veces le llevé a mi clase para que mis alumnos le conocieran. Después de una hora de conversar con él, de sentir sus silencios como fardos de nada que se posaran en el alma, unos decían que ya no querían verle más, que era un farsante; otros declaraban su incomodidad por su presencia, porque se sentían aludidos cuando él hablaba; algunos se mostraban deslumbrados. “Estoy fascinada con él –me dijo una vez una alumna argentina–; nunca había entendido tan claramente por qué, al hacernos adultos, matamos en nosotros lo mejor que teníamos”.

Hoy encontré a otro alumno de entonces. Me preguntó por Antero; le dije que no le había visto hace tiempo, me dio gana de verle de nuevo. “Vamos –le dije a mi alumno–; vamos a visitar a Antero”. “¿Dónde vive?” –me preguntó. “Donde siempre vivió –le dije–; su dirección es Historia de un Intruso, sin número; hay que preguntar por la casa del señor Rodríguez. O de don Marco Antonio. Es una casa grande, con varias puertas; hay que tocar en la primera; en las otras se puede encontrar también personas increíbles”.

ftinajero@elcomercio.org