Carlos Larreategui

A 5 años

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Miércoles 18 de enero 2012
18 de January de 2012 00:01

Durante los últimos días, variados y extensos análisis han presentado un balance de los 5 años de “revolución ciudadana”. Más allá de ideologías, perspectivas y matices, existe unanimidad sobre el acelerado deterioro de las instituciones políticas, la pérdida de libertades, el auge del crimen organizado y la inseguridad, el aislamiento internacional y un curso económico peligroso que desata alarmas sobre el futuro de la dolarización. Lo que más llama la atención, sin embargo, es la erosión de los valores democráticos y la pasividad de la sociedad ecuatoriana frente al autoritarismo creciente. Sin pretensión alguna de explicar este fenómeno con rigor, me atrevo a lanzar algunas reflexiones.

Queda claro que Alianza País fue una obra improvisada que llegó al poder sin estructuras, talento humano o proyecto político alguno. Por encima de las declaraciones revolucionarias y la utilización de los símbolos de izquierda, el Gobierno revolucionario ha profundizado un esquema de reparto de la renta petrolera que beneficia a los grandes grupos económicos ligados al consumo y gasto público y, marginalmente, a sectores clientelares que reciben subsidios directos del Estado. Adicionalmente, la huida sistemática de empresas extranjeras ha permitido que estos grupos económicos locales fortalezcan sus posiciones dominantes y absorban los flujos del consumo demencial de estos 5 años. No extraña, entonces, que muchos de estos “empresarios” callen frente a los abusos y se conviertan en los mejores aliados del Régimen. Mientras el bolsillo esté lleno no hay razón para inquietarse por asuntos tan exóticos como la democracia.

Las clases medias, entretanto, defensoras tradicionales de las libertades e instituciones y, a la postre, principales damnificadas de la alquimia revolucionaria, se han distanciado de la política y participan, con desenfreno, de la ilusión consumista que ha generado el boom petrolero. Su actividad política y ciudadana no pasa de las reuniones familiares y sociales en las que se ataca al Régimen y se blanden audaces y coloridos adjetivos. Un ejercicio vano y patético.

La juventud, en cambio, vive un peligroso aislamiento de la sociedad y se refugia en sus redes sociales y mundos virtuales que profundizan el individualismo y minan el capital social. La política es vista como un espectáculo deprimente y sórdido muy ajeno a sus vidas, y no se advierten las reales y profundas consecuencias que ella tiene en su destino. Los jóvenes son la gran reserva de la nación y es imperativo que los formemos y eduquemos con valores sociales y democráticos que permitan construir una sociedad viable.

La poca o nula adhesión a valores democráticos fundamentales se ha convertido en pasto fértil para autoritarismos y abusos que podrían ir más allá del período de la revolución ciudadana.