Alfredo Negrete

El populismo y la democracia

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Jueves 08 de noviembre 2018

El resultado electoral brasileño ha motivado, como pocos, el análisis y la polémica sobre la situación política de América Latina. La agresiva campaña electoral –de palabras y contenidos– del candidato triunfador; la especulación de una posible victoria de Lula si hubiese estado libre; la ausencia de opciones o coaliciones, permiten una grave conclusión: si no hay partidos o movimientos estables el fantasma siempre atento y predispuesto del populismo aparece y, tras su fracaso, no debe descartarse una hegemonía militar. Por eso la estrategia comunicacional del mercado busca “al hombre “y no al grupo”.

En busca de una explicación más amplia o profunda no hay que descartar la hipótesis de que Cuba, a pesar de sus fracasos internos o externos, elaboró con éxito la estrategia que culminó con el triunfo chavista y sus costosas secuelas. La receta fue simple y la farmacia de algunas naciones ofreció una clase política tradicional aplastada u ociosa, un líder con todos los atributos del Mesías y el mercado internacional de productos primarios que ponía su parte; de lo contrario, eran imposibles las mega obras, los contratos y las comisiones o diezmos para los intermediarios. Ecuador alcanzó la más alta puntuación, no es descartable que “el mesías” se arriesgue a un regreso con grilletes y repetir la versión de “de la cárcel al poder”, pero en dimensiones éticas diferentes.

El análisis histórico del populismo, permite concluir que el fenómeno aparece o cobra dimensiones cuando no existe un sector intermedio político o económico que cumpla una función de bisagra entre el poder y el pueblo. En ese caso surgen las figuras arrasadoras de la institucionalidad como Chávez, Ortega o Morales.

Debe añadirse en el contexto internacional el caso específico del Ecuador donde, en situaciones propias de la primera mitad del siglo XX, se dio la presencia histórica de la relación entre el pueblo y un líder como el Dr. José María Velasco Ibarra: cinco veces elegido, cuatro veces derrocado y que solo pudo ser doblegado por la partida de su cónyuge y la muerte que no desaprovechó la ocasión. En este caso, la historiografía nacional no ha profundizado un tema muy curioso. Los gobiernos del Velasco Ibarra no fueron dechados de ética política ni muchos menos; sin embargo, la percepción colectiva fue que una cosa era el presidente y otra sus gabinetes o círculos de confianza. Una situación que en la actualidad no tiene rangos de comparación por ningún lado. La epidemia no hizo excepciones.

Jair Bolsonaro como Donald Trump en sus desmanes son controlados por la historia y las instituciones de sus países, básicamente por sus respectivas Cortes Supremas de Justicia. Última instancia de una democracia representativa. Imperturbables en sus decisiones sin que hayan sido dictados por el asedio o el fragor de tanques y cañones.