13 de February de 2011 00:00

¿Al fin libres?

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Grace Jaramillo

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La renuncia definitiva de Hosni Mubarak tiene al menos tres conclusiones para el resto de la humanidad. La primera es que la resistencia a cualquier forma de opresión es innata a las sociedades humanas. Es lo que verdaderamente nos distingue, cualquiera sea nuestra nacionalidad, credo o tradición cultural. Segundo, no hay victoria segura en la política. La opresión de hoy será la derrota de mañana. A pesar del poder, los recursos económicos y la capacidad de control y coerción de Mubarak, fueron masas informes de crítica al régimen, la mayoría jóvenes sin trabajo y mujeres oprimidas, las que lograron este triunfo. Movimientos de resistencia de esta índole se ha vuelto mucho más fáciles con la globalización. La creciente conexión internacional de personas comunes hace que éstas reciban ayuda y solidaridad externa de la más diversa índole: desde proveedores de internet externos para superar el bloqueo informático interno, hasta suficiente presión internacional para que gobiernos poderosos como Estados Unidos y de los países de la Unión Europea decidan retirar definitivamente la línea de oxígeno que mantenía a flote a dictadores como estos.

Lo tercero, la salida de Mubarak puede solo significar el último día de continuismo y el primero de lo mismo. Esta es talvez la conclusión más pesimista de todas, es verdad, pero talvez la más cercana a la realidad por varias razones. Para empezar, quienes se quedan a cargo son las Fuerzas Armadas y más específicamente el Servicio de Inteligencia, cuyo jefe central es el ahora presidente interino Omar Suleiman. Es verdad que hay un plan de reformas y transición. Talvez lleguen aún más lejos hasta una completa reforma constitucional, pero nada garantiza que esas reformas sean de y para el pueblo y que éstas solo estén diseñadas como una cortina de transición para más de lo mismo, con otros nombres talvez.

Han sido demasiados años de construir redes clientelares, un estado cautivo, un sistema político sin disidencia...

Y aunque todos deberíamos estar muy contentos porque el pueblo egipcio se liberó de un opresor, siempre es bueno preservar el pesimismo. Como decía José Saramago, “los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas siempre están encantados con lo que hay”.

Egipto es una lección para todos, pero también es un signo de interrogación.

La salida de Mubarak puede desatar cualquier cosa: desde un proceso liberador hasta una administración más represiva y personalista de lo que estaban acostumbrados a soportar. Todo dependerá de cuánta capacidad de organización y propuesta tenga la oposición organizada y los grupos de resistencia. Todo proceso de cambio necesita una visión y suficientes acuerdos, aún entre bandos tradicionalmente disímiles. Egipto será un laboratorio para esta nueva ola de democratización en Oriente Medio, si es que la hay.

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