José Gallardo Román

Agosto, mes de gloria

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Este mes es glorioso porque el 10 de agosto de 1809 los quiteños constituyeron el primer gobierno autónomo de las colonias americanas de España, dando inicio a la guerra de la independencia, y porque el 2 de agosto de 1810, armados tan sólo de palos y piedras, los quiteños enfrentaron a la soldadesca realista venida del sur y del norte para someterlos al poder colonial.

Estos dos hechos fueron gloriosos pese a que al uno lo coronó el éxito y al otro, la tragedia. Es que la gloria no siempre es victoriosa, en ocasiones se alcanza en la derrota honrada.La gloria es hija del amor a la Patria y, este amor es un sentimiento tierno, fuerte y sencillo, semejante al amor a la madre, que nace de manera natural y espontánea y se anida tanto en el corazón de los poderosos como en el de los humildes, al contacto con la tierra natal y al calor del hogar y de las primeras amistades y afectos. Amor que arranca lágrimas a los atletas que escuchan la canción patria en el podio y que llena de alegría a los que vencen en lides empresariales, culturales, científicas, artísticas y de otras índoles al sentir que sus nombres se asocian al nombre de la patria.

En 1941, Ecuador estaba exhausto tras diez años de desgobierno y luchas fratricidas, e inerme militarmente. En esas circunstancias enfrentó una invasión. No obstante las desastrosas condiciones, los oficiales y la tropa lucharon heroicamente. Mal armados y sin municiones y alimentos, resistieron veinte días combatiendo sin reposo, hasta que agotados por el hambre y la fatiga, colapsaron.
El 2 de agosto, en el destacamento de “La Unión”, el subteniente Hugo Ortiz, al conocer que por el Santiago llegaban en lancha unos 200 peruanos, escribió una tierna carta a su madre y ordenó a la tropa que vistiera sus mejores harapos porque el “soldado ecuatoriano aún de muerto debía infundir respeto”. Al siguiente día murió combatiendo junto a sus ocho soldados, mientras que los adversarios le gritaban que se rinda porque su resistencia era inútil. Los adversarios, impresionados por su valor lo sepultaron con honores. En tanto, en la frontera sur el teniente César E. Chiriboga, con ocho soldados, escribía otra página de gloria que el capitán peruano Humberto Araujo relata en carta al Mayor Francisco San Pedro: “Pues al fin de la jornada del día 24 de julio, la cobertura ecuatoriana, fusionada en un comando único del Oro y Loja, al mando del Coronel Luis Rodríguez, por no haber llegado la maza de maniobra, se desmoronó, por así decirlo, retirándose al interior de estas provincias, bajo la protección de suicidas patrullas, sobresaliendo el heroico Teniente Edmundo Chiriboga, quien con sus fusiles ametralladoras, hasta que se agotaron sus municiones, se negó a rendirse y murió con sus ocho fusileros y proveedores de sus armas automáticas, atacado por un tanque del Subteniente Peralta, conforme he publicado en el Tomo III”.