Susana Cordero de Espinosa

Adhesiones, no adherencias

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Copié en mi libretita roja y vieja, la entusiasta adhesión de un comentarista al Consejo de Participación Ciudadana, a cuyas decisiones el pueblo ecuatoriano ha confiado la reinstitucionalización del país: ¡nada menos, luego de la siniestra década de la patria robada y ofendida! La anoté y me adhiero a ella, pues es excepcional contar con un conjunto de ciudadanos limpios, liderados por Julio César Trujillo. Su fidelidad a los valores humanos, al anhelo de justicia; su sentido del honor y su cumplimiento de la palabra dada muestran de qué modo él encarnó estos principios: los volvió, más que carne de su carne, espíritu de su carne, en un vasto ejercicio de honradez, gracias al cual carne y espíritu perdieron su oposición y se dignificaron mutuamente.

Las palabras que alababan al CPC de transición apelaban a la confianza que el pueblo les había concedido al aceptar su mandato, y decían que el respaldo recibido no provenía solo de los resultados de la pasada consulta popular, sino también ‘de las adherencias que ha recibido desde distintos sectores sociales y políticos’.

Concuerdo con sus palabras, aunque no puedo pasar por alto un detalle idiomático no banal: ‘adherencia’ es, en acepción del diccionario oficial, ‘pegadura de las cosas’, ‘unión física’. Entre la ciudadanía y su CPC no hay adherencia, pues no hay unión corporal sino ‘adhesión’: ‘suma o apoyo ’.

Veamos pares de palabras cuyo sentido confunden muchos escribientes: encarnar y encarnizar. Humanitario y humano. Adicionalmente y además. Dimensionar y medir. Desarmados, desalmados o expresiones como ‘no escatimaron en muertos’, ‘informe como conduzco’ o ‘aperturar’ que, a poco que los examine una mente avisada, dan, al menos, lugar a preguntarse.

Encarnar, propiamente hablando, es ‘tomar forma corporal’ y también ‘personificar, representar una idea o doctrina’; encarnizar, en su acepción más conocida y en forma pronominal, encarnizarse, significa ‘mostrarse cruel contra alguien, perseguirlo e intentar perjudicarlo en su opinión o sus intereses’: Correa encarnó para muchos ecuatorianos el cambio necesario; pero cuando empezó a encarnizarse contra quien lo criticaba, experimentamos el pavoroso error de haberlo elegido, yerro que soportamos diez ominosos años.

En cuanto a ‘humanitario’ y ‘humano’, la confusión es tal que los tomamos como sinónimos siendo, como son, antónimos o términos con sentidos opuestos. Humanitario tiene significado positivo: ‘que ve el bien del género humano’, ‘benigno, caritativo, benéfico’; ‘que alivia los efectos que causan la guerra u otras calamidades’. Frases como ‘la guerra provoca imponderables tragedias humanitarias’, atribuyen incomprensiblemente a la desgracia, virtudes de bondad y alivio. No: la guerra es una tragedia humana imponderable, y solo actitudes humanitarias pueden ayudar a los pueblos que sufren.

Dejémoslo aquí, lectores curiosos, que habrá tiempo de atisbar los otros pares.

scordero@elcomercio.org