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Martes 20 de marzo 2018

Pablito, de once años, fue a un colegio capitalino, gracias a las palancas de la familia en que servía su madre, extraordinaria y sensible mujer; pero un día se negó a volver a clase. Ruegos, llanto, algún correazo impotente: la madre desolada fue al colegio a averiguar qué había pasado. Los compañeritos no daban razón de la deserción del ‘nuevo’. La maestra (única mujer en el colegio técnico), menos aún. Al cabo de los días, otra madre de familia le contó: -señora Julita, mijito me dijo ‘el Pablito era callado, tímido parecía, y ese día la maestra gritó que callemos y callamos, y preguntó durísimo: ¡a ver niños, ¿cuál de ustedes ha venido una semana entera con el mismo pantalón y la misma camisa y el mismo saco y los zapatos rotos?, y toditos gritamos ¡el Pablito, señorita, el nuevo! ¿Será por eso?’…
¡Infinitas formas de acoso! ¡Número inmenso de niños acosados! No hablo de adultos en similar situación, que los hay, porque esta vieja monstruosidad, especie de cacería, encuentra en el niño indefenso el ámbito ideal en que cebarse y ensañarse. Persecución sin tregua, insistencia que no permite reposo ni descanso, se aplica con aviesas intenciones en diferentes momentos y, habitualmente, por sujetos mayores que el niño acosado, aunque no siempre adultos. Acosa una sola persona, o algunas, o muchas. Sea lo que fuere, el acoso es para el acosado una desgracia, por el momento, insuperable; pregunta sin respuesta; sinrazón de la cual puede llegar a apropiarse, sintiéndose ‘culpable’ sin saber de qué, sin remisión... El pequeño acosado introyecta el acoso, lo convierte en miedo, en resistencia pasiva, en recelo o en odio. Como mecanismo de defensa, incorpora psicológicamente actitudes, ideas y creencias que proceden de las ‘razones’ del perseguidor, y, al no poder defenderse, actúa como diciéndose ‘acepto’, ‘esto soy’, vuelto cómplice del acosador contra sí mismo, en desesperada búsqueda de ‘aprobación’. Conscientemente o no, se identificó con la imagen que el acosador o acosadores proyectaron sobre él, con su repudio y su maldad: se culpabiliza, se avergüenza, se denigra a sí mismo, se maldice…

A menudo, en escuelitas pobres, los niños con hambre sufren el acoso de maestros menesterosos y resentidos, con la complicidad de compañeros menos carentes. O el de compañeros menos pobres, con la complicidad vergonzante de sus maestros: ¡forma horrible de ‘adular’ a los que algo tienen!… Generan desconfianza y oprobio, pierden la confianza que les permitiría sobrellevar la ‘ignominia’ de no tener. ¿Dónde se halla el maestro que les inyecte amor, seguridad, comprensión? ¿Dónde, el que es para el niño elemento fundamental de confianza en sí mismo y de esperanza, el que le enseña a andar por el mundo con la frente alta y a mirar a los ojos a los otros?

Y no quiero pensar en escuelitas y en colegios ‘ricos’, cuando el acoso se refina y depura, brutalidad potenciada en la horrible bulla de la red. ¿A dónde, a quién acudir?