Enrique Ayala Mora

¿Qué renuncie el Papa?

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Esa propuesta de un ex diplomático del Vaticano en Estados Unidos la acoge el clero más reaccionario y también los radicales contra abusos de niños por sacerdotes. ¿Qué está pasando? ¿Será que los jerarcas más conservadores quieren depurar la Iglesia? ¿Piden la renuncia al Papa porque está haciendo las cosas mal? ¿Tumbar al papa Francisco y reemplazarlo sería un avance en el combate a la pedofilia clerical?

El abuso de niños es una antigua perversión de curas que se convierten en los peores depredadores. Cierto que son una minoría, pero no por ello sus abominaciones son menos horrendas. Deben ser condenados y sancionados sin contemplación.

Cuando las denuncias de pedofilia del clero comenzaron, la postura de la jerarquía eclesiástica fue encubrir los hechos, pedir silencio a las víctimas y salvar el pellejo de los responsables, mandándoles a otros lugares, para que volvieran a las andadas. Juan Pablo II ordenó que no se denunciaran esos delitos a las autoridades y se los mantuvieran en la reserva de papeleos canónicos interminables.

Ese papa, personalmente, fue encubridor del cura Maciel, fundador de los “legionarios de Cristo”, violador de más de cien niños, entre ellos los suyos propios, tenidos en una relación clandestina que mantuvo años. El papa lo respaldó y lo abrazó hasta poco antes de que fuera sancionado por su sucesor. Persiguió a los teólogos de la liberación y toleró a los pedófilos. Defender el compromiso social de la Iglesia con los pobres era más grave que abusar de niños.

Benedicto XVI tomó ciertas medidas. Pero fue Francisco quien, presionado por la gravedad de los hechos, el clamor de los fieles y de la opinión pública, adoptó una postura distinta. No solo pidió público y reiterado perdón a las víctimas, sino que declaró que los delitos no debían ocultarse sino denunciarse a las autoridades para que sean sancionados a tiempo. Sin duda, hay un avance real, aunque todavía falta mucho para “cero tolerancia”.

Ahora, un burócrata eclesiástico dice que le denunció al Papa, como a sus dos antecesores, casos escandalosos en Estados Unidos que no fueron considerados. Es decir que dos papas conservadores a cuyo servicio estuvo, habían encubierto crímenes, como lo había hecho él mismo al callar y no denunciarlos a las autoridades, cuando podían ser procesados. La solución sería, entonces, que renuncie el Papa que ha revertido el encubrimiento y ha hecho bastante más que sus antecesores.

¡Claro que no lo suficiente! Pero mas bien se debe respaldar al papa, exigiéndole que actúe sin contemplaciones, en vez de tratar de tumbarlo con una conspiración de purpurados y burócratas vaticanos de extrema derecha que buscan una vuelta al pasado, cuando el compromiso con el poder y el dinero de la mafia, el silencio y el encubrimiento era la “voluntad de Dios”.