Linda Guamán, investigadora de la UTE, estudia las modificaciones genéticas en orga­nismos. Foto: Galo Paguay/ EL COMERCIO.

Linda Guamán, investigadora de la UTE, estudia las modificaciones genéticas en orga­nismos. Foto: Galo Paguay/ EL COMERCIO.

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Domingo 30 de septiembre 2018

Bioalimentación, ¿salida al hambre?

Estéfano Dávila Ferri (I)
davilae@elcomercio.com

Tras un diálogo establecido con más de 50 organizaciones de todo el mundo durante los últimos dos años, el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) ha planteado que el sistema de alimentación del planeta, que abarca todo el ciclo comprendido desde la producción hasta el consumo de los alimentos, está actualmente bajo estrés.

Por este motivo, se deben proponer soluciones integrales que se apoyen desde la investigación, la tecnología y la ciencia. En un artículo publicado este mes por el WEF, se plantea implementar la bioinnovación como una alternativa para atacar este problema.

Esto implica que la aplicación de la ciencia debe ir de la mano con el bienestar tanto de los consumidores como de los organismos vivos, para que cualquier tipo de manipulación genética que se realice sobre la cadena de producción de alimentos logre mantener un equilibrio en el planeta.

En el documento se especifica que incluso dentro del contexto del sistema alimentario, la innovación es un concepto amplio y puede ocurrir en muchas áreas relevantes: “dentro del ámbito de la tecnología, los avances en ‘big data’, ‘block­chain’, servicios móviles, Internet de las Cosas y biotecnologías, entre otros, están cambiando la forma en que se produce, distribuye y consume la comida”. Así, el documento propone una solución integral.

El futuro cercano

A escala global existe un dese­quilibrio en la forma en que la humanidad se está alimentando. Los sistemas de cultivo y producción de alimentos no necesariamente van de la mano con las necesidades nutricionales de la población. De acuerdo con cifras del WEF, aproximadamente unos 800 millones de personas padecen desnutrición crónica y unos 2 000 millones tienen deficiencia de micronutrientes. En contraste, otros 2 000 millones de personas tienen sobrepeso o sufren de algún tipo de obesidad.

Y esa es solo una arista de un fenómeno mundial que es mucho más amplio. Históricamente, la producción de alimentos ha crecido exponencialmente.

Desde 1960, la producción agrícola del planeta se ha triplicado, principalmente debido a la expansión en el uso de recursos naturales para la agricultura. Esto logra cubrir, con algunas falencias, las necesidades de alimentación de los cerca de 6 000 millones de habitantes de la Tierra. Para el año 2050 se proyecta que la población mundial será de 9 000 millones. Y eso representa un enorme reto para la producción de alimentos.

Así lo explica Linda Guamán, docente investigadora del Centro de Investigación Biomédica de la Universidad Tecnológica Equinoccial y experta en genética: “Considerando la curva de crecimiento exponencial que tiene la humanidad en la Tierra, actualmente no hay suficiente espacio cultivable para producir el alimento necesario para alimentar a la expectativa de población que hay para el 2050”. Existen alternativas como, por ejemplo, el arroz dorado.

El arroz común no está en capacidad de sintetizar el betacaroteno, el tipo más común de provitamina A, como otras plantas. Como una nueva opción se creó el arroz dorado, modificando genéticamente el arroz natural, para que pueda sintetizar el betacaroteno. La razón detrás de esto fue la proporcionar una alternativa de alimentación a poblaciones donde existían deficiencias de vitamina A.

Aunque han existido temores y varios cuestionamientos sobre los posibles riesgos de este tipo de modificaciones genéticas en los alimentos, la investigación científica ha probado que esta modificación ha traído más bien beneficios.

“La revista Nature hizo un análisis de los últimos 20 años sobre el consumo de arroz dorado, que fue uno de los primeros alimentos genéticamente modificados que se introdujo para la población. Se hizo un seguimiento y se vio que no existen efectos adversos” indica Guamán.

La Universidad de Viena está estudiando cómo mejorar la genética de 80 tipos de granos que crecen a lo largo de las granjas del Danubio con la finalidad de que sus propiedades sean más beneficiosas.

El escenario local

En Ecuador actualmente se realiza investigación genética sobre alimentos en varias universidades. No obstante, en el país se plantean otros escenarios desde el ámbito legal.

Por una parte, la Constitución ecuatoriana prohíbe la importación de semillas transgénicas. La única excepción a esta regla se plantea en la Ley de Agrobiodiversidad, Semillas y Fomento de la Agricultura Sustentable, donde se detalla que “se permite el ingreso de semillas y cultivos transgénicos al territorio nacional, únicamente para ser utilizados con fines investigativos”.

Aunque en el país no se pueden importar semillas transgénicas para su cultivo, sí es legal el consumo de productos transgénicos ya procesados. Guamán explica que este marco legal podría representar un obstáculo para quienes, por ejemplo, quisieran realizar investigación de campo sobre semillas transgénicas, ya que legalmente no se le permitirá cultivar dichas semillas.

“Lo importante es que se realicen regulaciones con sentido, porque las que tenemos en el país actualmente desmotivan la investigación. Entonces, no tiene sentido invertir tanto en la educación de alguien que cuando regrese no va a poder aplicar su conocimiento; alguien que se ha dedicado a estudiar plantas transgénicas está atado de manos acá”, concluye Guamán.