13 de agosto de 2019 00:00

Enrique Ponce volvió, salió a hombros con Manzanares

Enrique Ponce, en su feliz retorno, y Manzanares salen a hombros de la plaza. Foto: Tomada de Aplausos.es

Enrique Ponce, en su feliz retorno, y Manzanares salen a hombros de la plaza. Foto: Tomada de Aplausos.es

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Puerto de Santa María, Cádiz
Agencia EFE. (I)

Enrique Ponce volvió a los ruedos en el Puerto de Santa María de la mejor manera posible, al indultar a Fantasía, un gran toro de Juan Pedro Domecq, al que el valenciano cuajó una faena antológica que le avaló la salida a hombros junto a José María Manzanares.

Una tarde que antes de empezar traía consigo dos grandes noticias. La primera, que el Puerto de Santa María inauguraba por fin su temporada después de haber estado en el aire durante varias semanas;
y la segunda, y no menos importante, el regreso a los ruedos de Enrique Ponce después de cinco meses en el dique seco, tras la gravísima lesión de rodilla que se produjo en la feria de Fallas.

Y para dejar definitivamente los fantasmas a un lado, el de Chiva decidió enfundarse el mismo vestido que llevaba aquella fatídica tarde del 18 de marzo en Valencia: un blanco y azabache que se confeccionó para homenajear al equipo de fútbol de la capital del Turia en el año de su centenario.

La gente le esperaba con ganas. Se notó en la gran ovación que le dedicaron los aficionados que casi llenan en su totalidad los tendidos del coso portuense, justo después del paseíllo y tras escuchar también el Himno Nacional.

El toro de la reaparición del valenciano ya de salida apuntó muy pocas fuerzas, echando, además, las manos por delante en los capotes. Ponce anduvo aseado. Pero el premio gordo llegaría en el cuarto, con el que Ponce sacó a relucir su mejor toreo. El de quilates.

La majestad y la maestría llegaron con una serie de naturales en que el de Chiva se entregó al máximo, mientras sonaba El Concierto de Aranjuez por parte de la banda de música. A partir de ahí, un cambio de manos que fue un monumento al empaque: largo como un tren de mercancías y hondo como un pozo sin fondo.

Otra serie de naturales en los que el torero tocaba el pico de la muleta para doblarla y así motivar al toro a ir al señuelo. Derechazos largos y templados y la conocida poncina con un cambio de mano inmenso. Una obra para el recuerdo. Después se pidió el indulto del toro. Y se indultó. Aunque no fuera para tanto. Lo que sí fue de ensueño fue la faena, para paladares exquisitos.

Morante meció con el capote a su primero, que a punto estuvo de echar mano a José Antonio Carretero, que, aun librándose de la cornada, pudo lesionarse de gravedad en la caída tras tomar el olivo. La faena del sevillano tuvo fogonazos de excelsa belleza, pero sin poder entrar en profundidades por la absoluta falta de raza del Juanpedro. Al quinto, manso y deslucido, no quiso ni verlo.

El primero de Manzanares fue un toro encastado, con movilidad y un gran pitón derecho, por donde se desplazaba y repetía con codicia. El alicantino se entregó con él para cuajar varias tandas por ese lado de mucha autoridad y mano baja.Por el izquierdo no hubo la misma sintonía y, tras varios enganchones, al final llegó el desarme. La estocada final fue de manual. Y la oreja de ley.Bajo los sones de Orobroy.

En el sexto toro hubo entrega del alicantino. Y algunos muletazos largos sueltos. Le cayó la espada baja y cortó una oreja, en medio de los aplausos.

Salida a hombros triunfal.

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