3 de junio de 2019 00:00

El arte hondo y el alma leve de Ferrera

Soberbio natural del maestro Antonio Ferrera, el sábado por la tarde en la plaza de Las Ventas, en Madrid. Foto: EFE

Soberbio natural del maestro Antonio Ferrera, el sábado por la tarde en la plaza de Las Ventas, en Madrid. Foto: EFE

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Redacción Fiesta Brava. (I)

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El maestro Antonio Ferrera abrió de par en par la puerta grande de la Plaza de Las Ventas de Madrid, e inscribió su nombre en una marquesina de lujo de una de las mejores ferias de los últimos años.

Ferrera cortó tres orejas –le pidieron las otras dos, que un palco tan mezquino como insensible negó– y mostró a todos que la vida es posible, más allá de los misterios impenetrables de la mente humana.

Ferrera llegó a Madrid luego de un episodio personal de poca divulgación y no esclarecido, cuando se precipitó por un puente y le aquejó una crisis de ansiedad.

La explosión de torería que exhibió el sábado, precedida por una oreja que cortó en Córdoba el jueves, cubre de gloria cualquier sombra en una carrera que en esta segunda parte de su puesta en escena tiene a la afición de acuerdo con su magisterio y arte.

Más de dos tercios de espectadores llegaron a los tendidos de Las Ventas. El clásico hierro de Zalduendo, del empresario mexicano Alberto Bailleres, lucía en la divisa el luto. Su anterior propietario, Fernando Domecq, falleció hace poco y su legado se derrama también por esta casa ganadera y la estirpe familiar que ha dado lustre a la cabaña brava española.

Los toros tuvieron gran trapío, pitones y fueron nobles en general y su juego tuvo variados matices.

Tras romper el desfile de cuadrillas una ovación señera y respetuosa saludó al maestro, como presagio del reencuentro con las más hondas fibras de su tauromaquia actual.

Antonio Ferrera lució un traje verde esperanza y desde que se abrió de capa mostró un libro abierto de sapiencia y bases lidiadoras. Su ya clásico sello vino en el quite original, extraído de viejas tauromaquias, al sacar al toro de la cabalgadura con garbo.

Brindis en los medios, rodilla en tierra y mirada al cielo. Muleta al hombro y en los medios y una faena que aprovechó el tranco del toro y fue un dechado de pases al natural, tanto los derechazos –el diestro había dejado su ayudado en la arena–, cuanto los de mano izquierda, cada cual más desmadejado y artístico. En cada serie, expresiva hondura, hasta el remate final con la embestida humillada con tendencia a tablas y pases de improvisada lámina.

De pronto Ferrera vio que el toro pedía la muerte en la suerte contraria, dejó al menos diez metros de distancia para citar a recibir con un público perplejo y expectante. La estocada entera precedió a un final de pases acompasados y un desplante; el toro rodó.

Oreja, fuerte petición de dos. Necedad de un palco insensible y dos vueltas al ruedo con ovaciones fuertes de un auditorio volcado a retribuir al diestro la generosidad de su sabiduría, valor, torería, en suma.

El cuarto toro no prometía, pero Ferrera sabía que ya todo dependía de él. Su voluntad, su paciencia, su oficio, labraron una faena donde las
virtudes escondidas del toro ­fueron aflorando poco a poco para convertirse en otra labor de corazón y ciencia hasta la estocada final, recibiendo, que tiró al toro sin puntilla y patas arriba.

Entonces, la explosión de pañuelos que el palco no resistió y dio, cauteloso, las dos orejas que conllevaban las llaves de la puerta de la gloria torera.

Aquella que Ferrera, tras largos años de oficio, volvía a conquistar en plenitud. Una vuelta al ruedo de ojos hondos, tristes y sonrisa discreta, de un ser que volvía a desgajar los misterios de la mente y el alma, para gloria de la tauromaquia, en el templo universal del toreo.

Un párrafo para decir que Curro Díaz mostró su empaque, arte y buenas maneras con el lote menos propicio. Saludó, recibió fuertes ovaciones después de dejar excelentes estocadas.

Luis David Adame estuvo entregado y peleón; se llevó una voltereta terrible con dos cornadas de 5 centímetros en la uretra y la región perianal. En su primero mató tras una gran estocada y fue ovasionado con fuerza.

El empresario y ganadero mexicano se fue orgulloso de su debut en Las Ventas. Y Antonio Ferrera, a hombros, por la calle de Alcalá, 17 años después de su primera puerta grande en Las Ventas del Espíritu Santo.

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