29 de junio de 2020 00:00

Anomalías en el perfil urbano

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Diego Ordóñez Holguín

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Quito se ha caracterizado por mantener cierta regularidad en la altura de sus edificaciones con un promedio de 8 pisos, preservando así una densidad razonable y relativamente homogénea. Ahora, de pronto emergen edificios de alturas desproporcionadas, que casi triplican la de sus vecinos, castigándolos a una perpetua sombra y congestión. La utilización de una ordenanza que premia con una mayor edificabilidad a nombre de una mal llamada “ecoeficiencia”, permite anomalías urbanas que conducen a una depredación de las áreas urbanas consolidadas de la ciudad.

Esta ordenanza promueve la transformación de la ciudad hacia una densificación agresiva en zonas donde la infraestructura de la ciudad no da abasto. En lotes donde existen edificaciones de mediana altura cambiarán a 24 o 30 pisos, siendo zonas históricamente planificadas para 8 pisos, simplemente resulta incoherente y físicamente inviable. Las áreas urbanas de Quito deben densificarse para lograr una ciudad más compacta, pero de forma homogénea, respetando las condiciones básicas de habitabilidad, asoleamiento, accesibilidad y derecho de vista del entorno. Estos gigantes que emergen generan estas anomalías urbanas que lesionan la calidad de vida de sus habitantes, y en especial la de sus vecinos inmediatos.

Si bien desde un punto de vista inmobiliario los predios colindantes también podrían apelar a la aplicación de estos instrumentos para su beneficio, ¿Quién pensaría en derrocar un edificio de 8 o 10 pisos?, ¿Queremos derrocar esos edificios?, ¿Queremos un Manhattan criollo? Esta ordenanza no resulta de justa aplicación para todos, por el contrario, hay un premio para uno y un castigo para muchos. Los derechos ciudadanos deben prevalecer, esta depredación urbana lesiona la calidad vida de los quiteños.

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