21 de septiembre de 2018 00:00

Médicos devengantes: ¿premio o calamidad?

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María Gabriela Proaño

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¿Se ha preguntado usted alguna vez cuánto le cuesta a un médico su formación de especialidad? O quizás en alguna atención médica en los servicios públicos, ¿usted se ha preguntado qué sacrificios personales ha realizado ese profesional para estar ahí? Las respuestas pueden ser varias, dependiendo la óptica. Si usted es una persona con un pensamiento utilitarista, pensará que el médico está ahí valiéndose de los recursos que usted aporta en impuestos y obligaciones; en cambio, si usted concibe un pensamiento hedonista, creerá que lo hace por su vocación de servicio a la comunidad y que su vida carece absolutamente de limitaciones. Contrario a estos dos pensamientos, en muchos de los casos, el médico “devengante de beca” está ahí porque le toca: porque fue acreedor de una “beca” que en muchos casos no cubrió ni siquiera su colegiatura; porque trabajó sin cesar 3 o 4 años en una institución pública que tampoco liquidó sus haberes al considerarlo “estudiante en formación”; porque firmó en el mejor de los casos un contrato con “garantías” impagables por un ciudadano normal a cambio de retribuir en trabajo a la institución que lo financió; y porque salió desfavorecido en una asignación de plazas de devengación en la cual no existió en absoluto un análisis técnico o administrativo que justifique que él o ella, siendo radicados en Quito o en otra ciudad, tenga que trasladarse a vivir por hasta 8 años a cientos de kilómetros de su hogar y su familia, sin ningún beneficio económico ni profesional por este cambio.

Replanteando las preguntas iniciales, ¿cree usted que ser beneficiario de una beca, con vacíos legales en la mayoría de los casos, le da el derecho a las instituciones de salud de decidir sobre el futuro de la vida personal de un profesional? O mejor aún, si usted fuera médico, ¿Estaría contento al abandonar a su familia por 8 años con el fin de “pagarle” al Estado por una beca que se ganó a pulso, por la cual trabajó diariamente durante sus años de formación? Si la respuesta a estas preguntas es un no, felicidades.

Mientras las instituciones públicas continúan renovando contratos de intercambio de profesionales con otros países, nosotros los médicos ecuatorianos debemos agradecerle al Estado por habernos permitido formarnos como especialistas y consentir que trabajemos donde ellos consideren necesario, a sabiendas que hasta en el 18,2% de los casos, los profesionales médicos no cuentan con el equipamiento necesario para el pleno ejercicio de sus actividades y que el 45% de los devengantes se encuentra inconforme con la plaza asignada para su retribución.

¿El Estado no promulga la Ley del Buen Vivir con toda la alegoría correspondiente? ¿No se supone que la Constitución proclama a la familia como el núcleo esencial de la sociedad? Y me golpeo con la realidad: quizás los médicos no leímos las letras pequeñas en el juramento hipocrático, donde decía que “las leyes constitucionales no aplicarán para médicos que sueñen con especializarse”. Ahora que es nuestro turno de hacer patria, no dejo de preguntarme, ¿Cuánto tiempo es demasiado cuando dejas lejos a tu familia? ¿A qué precio el especialista de un consultorio público ha conseguido estar sentado frente a ti? Las respuestas no las tienen el Estado ni las instituciones de salud, sino tú como lector crítico y usuario de los servicios médicos.  

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