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Inquilino de pandemia

Frisa el segundo semestre del 2021 y me siento aún un inquilino inerme de este festín virulento planetario, que en un momento se llamó “Covid/ 19” y luego usó engranajes mutantes para confundir y hacer pedir perdón a la genética hasta ahora conocida por la ciencia. Con mis congéneres caminamos absortos cual ‘alcoholatras’ en este laberinto inacabable, jugando con vacunas, drogas, dietas, canciones y hasta oraciones, con la esperanza de una esperada transitoriedad y mejoría. Así fueron las pasadas pestes que diezmaron a la humanidad, a partir de la sucedida en el Imperio Bizantino en el año 541.

Se respeta la distancia social y los aforos en aeropuertos, en restaurantes, discotecas y hasta en los llamados centros de tolerancia; nadie se ha pronunciado sobre restricciones para los actos amatorios tanto furtivos como domiciliarios. Debido al encierro se generó una gama de psicopatías en humanos y también en perros y gatos. Y debido al obligado sedentarismo proliferaron las redondeces corporales en pechos y caderas, compitiendo con conocidos lienzos de Rubens y Botero.

Hablas y escritos experimentaron gran fugacidad como nunca antes, enriqueciendo el arte en todas sus expresiones: literaria, teatral, musical, etcétera.

Surgieron nuevos cuenteros, teatreros y trovadores, enriqueciendo al aquietado acervo cultural. Igual en los deportes nos sorprendieron jóvenes y trajeron desde otros continentes, galardones de oro, plata y bronce. Este es el escenario agridulce, más agrio que dulce que pervive como inquilino en esta pandemia.

¿Hasta cuándo? Igual que siempre, solo la contienda ciencia versus virus lo sabe…

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