23 de febrero de 2020 00:00

Indignación contra la pederastia

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José M. Jalil Haas

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Lamentablemente, la pederastia ha sido una práctica común en las sociedades: la he conocido por noticias de prensa, pero también por testimonios de siquiatras prestigiosos, y las he escuchado de declaraciones de abusadores.

Hay pederastas dentro de las familias: padres, abuelos, hermanos, tíos, primos. Son abusadores pervertidos que aprovechan la confianza y el cariño de los niños para dar rienda suelta a su desviación sexual. También hay pederastia en maestros que aprovechan la confianza de los padres que entregan a sus hijos en manos de quienes consideran casi como una segunda familia.

Pero la pederastia más aberrante es aquella que se comete en nombre de un Dios, que se oculta bajo los ropajes de mensajeros de Dios, que se aprovecha del temor a Dios que ellos mismos difunden, para incitar a los niños a ceder a sus pervertidas pretensiones.

Me siento obligado a escribir estas líneas, en nombre de la indignación más dolorosa: el abuso de los niños por parte de mayores que están obligados a darles protección, cariño o enseñanza, es la peor aberración y degradación de cualquier ser humano. El ocultamiento, la complicidad sobre estos abusos, llevado al extremo de “solidaridad” es un pecado igual o peor que el abuso mismo, pues permite la multiplicación del acto.

Un niño abusado queda destrozado en su mente, se puede convertir en un delincuente como respuesta al abuso.

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