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Hija de… A

 El Día del Padre está cerca. Muchos ya hemos empezado el plan de ahorros con el fin de buscar algún regalo con el cual conmemorar a esos “viejitos”, los que tanto han dado por nosotros. Es curioso que, precisamente ahora… me haya encontrado con la situación que a continuación relato: Recientemente acudí al Registro Civil ubicado en el centro de Quito para renovar mi cédula de identidad junto con Arturo Chinde, mi padre. Cuál sería nuestra sorpresa al percatarnos del hecho de que, gracias al error de cierto funcionario, los papeles no lo reconocían como tal, estando este reemplazado por un tal señor “A. Quinde”. Un individuo quizá inexistente en nuestro país. ¿Dónde quedan los 17 años de paternidad? Un trabajo sin duda duro, con el que cualquiera se sentirá identificado. Está demás el decir que tal desastre ha sido ocasionado… no por el descuido, sino por la comodidad. Me atrevo incluso a declarar que no somos los únicos que estamos siendo obligados a perder el tiempo en aclaraciones y rectificaciones infinitas. Nosotros, los de los apellidos “raros”, merecemos el derecho a que nos soliciten el deletreo de los mismos, no como una opción, sino como una obligación. Respetemos la Constitución, no más discriminación. Los días perdidos no vuelven. Puede que hable en teoría, pero al fin y al cabo me atrevo a decirle a aquella persona que prefirió ahorrarse dos segundos omitiendo el nombre de mi progenitor una cosa: me ha dejado en la orfandad. Una orfandad de la que sólo semana y media de tediosa espera y trámites infinitos… podrán sacarme.