3 de noviembre de 2020 00:00

La espantosa realidad de España vaciada

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Rafael Soto

De cuando en cuando leemos en la prensa española mencionar a la España vaciada. Se refieren a aquellos pueblos que poco a poco se van quedando sin habitantes. Hay algunos que ya son solo viejos caseríos de paredes y techumbres que se van derrumbando, allá en donde antes había pastores y labradores. Recién se publicó un llamado urgente a poblar uno de esos lugares donde se iba a cerrar la escuela, en la que ya quedaba apenas una niña. Son las inveteradas corrientes migratorias internas. Las ciudades se pueblan más.

Este fenómeno, que no es nuevo, se expresa cada vez que hay elecciones y el número de votantes disminuye rápidamente. Muchas veces se analiza que los pueblos de Aragón y los cercanos a Cuenca son los mayormente abandonados.

Algunos de ellos quedan en las estribaciones y montañas de los Pirineos, viejas cañadas que eran pasos de los contrabandistas y rutas perdidas transitadas por bandoleros en tiempos inmemoriales.

Un relato de Julio Llamazares, excelente escritor publicado hace más de 30 años y titulado ‘La lluvia amarilla’, nos habla de uno de esos pueblos que, como tantos de comarcas aledañas, se fueron quedando vacíos y ya solo sobrevive el ulular del viento y durante el invierno los tapa la nieve.

Son auténticos pueblos fantasmas cuyas fotos se pueden ver en la internet. Tierra de nadie.

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