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Cartas al director / 23 de noviembre del 2021

Violencia contra violencia

Enfrentar a las personas privadas de libertad, en la cárcel, con armas de fuego o con otros artefactos que busquen su eliminación, generará un aluvión de violencia y venganzas, en nuestro país. Y esto no sólo se dará en las mismas cárceles, sino que veremos violencia en las calles, domicilios, y en otros sitios de nuestra patria. Cuando se pierde la visión espiritual del hombre, dejando a un lado a Dios, se comprueban los resultados. Las masacres que estamos observando en nuestras cárceles, no van a parar proponiendo violencia contra violencia.

Caerán los que están sentenciados a 30 años, como los que sólo deberán estar 3, 6 meses, o un año. La solución es difícil, pero no pasa por balas ni granadas. Mientras no existan verdaderos programas de rehabilitación, para las personas privadas de libertad, donde se mencione a Dios, donde se concientice el respeto al derecho a la vida, donde practicar las virtudes humanas sea la esperanza para esas personas a las que nadie les ha hablado nunca de respetar al ser humano, la violencia seguirá. Y la encontraremos no sólo en las cárceles, sino en los barrios, en los hogares, y en todos los lugares donde exista un ser creado por Dios, a su imagen y semejanza.

El mal quiere destruir a los niños, asesinándolos en el vientre de sus madres; a los adolescentes, entregándolos a las drogas; a las mujeres, maltratándolas con abusos y violencias; y a los hombres, disparándoles a sus cuerpos y a su espíritu, con ideologías que esclavizan y confunden. Necesitamos personas que estén dispuestas a enfrentar ese reto, cualquiera que sea la religión que profesen, hablándoles de Dios, a quienes viven sin Dios.  

Mario Monteverde Rodríguez

Elecciones en Nicaragua, con políticos opositores presos

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y la Oficina Regional del Alto Comisionado de las Naciones Unidas en América Central, en un comunicado, ambos organismos pidieron al régimen de Ortega, eliminar los obstáculos con plena participación de 4,4 millones de electores en Nicaragua.

Las elecciones previstas han estado marcadas por falta de garantías y críticas a libertades fundamentales; ocasionando un clima de represión y cierre de los espacios democráticos que Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo han protagonizado. Buscan perpetuación en el poder de manera indefinida con privilegios e inmunidades; características propias de estos regímenes dictatoriales nefastos, de caudillos perniciosos con revoluciones fallidas.

Celebrando así la defunción del orden constitucional y democracia del país.

El ex sandinista va por la cuarta reelección y quinta consecutiva; la misma que impone a Ortega como el Jefe de Estado con más años en el poder de América Latina, la segunda con su esposa como vicepresidenta. En tal virtud, cuando ostentan el poder de forma absoluta y prolongada, suelen despojarse de todo tapujo y salen a relucir sus propios defectos: pierden toda vergüenza hasta caer en actos de cinismo, violencia y engaño; con consignas de izquierda socialista-comunista.

El personaje de marras ex guerrillero del FLNS de 76 años lidera el gobierno sandinista, que ordenó la aprensión arbitraria de 39 líderes opositores, incluidos siete aspirantes presidenciales. Entre ellos, Cristiana Chamorro, Arturo Cruz, Félix Maradiaga, Juan Sebastián Chamorro, Miguel Mora, Medardo Mairena, acusados de “traición a la patria”.Esta oposición excluida ha tildado de “farsa” los comicios y solicita a las instituciones pertinentes desconocer resultados.

Nelson Humberto Salazar Ojeda.

Los nuevos revolucionarios

Los postulados del progresismo contemporáneo se han posicionado en las universidades del país sin permitir el debate crítico que pone en jaque temas como la ideología de género, el lenguaje inclusivo y los dogmas del feminismo radical.

Lamentablemente, el debate acerca de los principios del progresismo y de sus diferentes ramas es escaso puesto que, al manifestar rechazo a estas ideas descabelladas, inmediatamente eres catalogado como un machista, “homofóbico” y antiderechos. Ahora bien, tanto profesores, alumnos y representantes estudiantiles se han encargado de defender a toda costa los dogmas del progresismo contemporáneo dejando en evidencia que, en la actualidad, tenemos nuevos revolucionarios que se encargan de modificar el lenguaje para lograr una sociedad más incluyente.

Por otra parte, los nuevos revolucionarios legitiman la violencia ejercida por el feminismo radical en las manifestaciones donde atentan contra la propiedad y la integridad de otras personas porque según ellos están luchando contra el sistema patriarcal que no para de oprimir a la mujer. Los nuevos revolucionarios consideran que el género depende solamente de la autopercepción de las personas, desconociendo totalmente la evidencia científica que define una gran cantidad de diferencias biológicas entre hombres y mujeres.

Los nuevos revolucionarios creen que están haciendo una revolución en contra del sistema que, de conseguirse, permitiría lograr una mejor sociedad. Sin embargo, son los primeros en excluir y deslegitimar a los disidentes de su “lucha” que, en lugar de conseguir resultados positivos, solo han logrado generar más violencia. Estos nuevos seres que creen estar cambiando el mundo son el resultado de un adoctrinamiento sistemático posmoderno liderado por intelectuales de izquierda que, a través de la dialéctica marxista del oprimido-opresor buscan generar conflicto donde en realidad no existe. No es casualidad que, al ser liderado por intelectuales de izquierda, estos grupos también culpen al capitalismo de la supuesta opresión que viven. Para finalizar, si queremos lograr una mejor sociedad debemos poner especial atención a la pobreza, el crimen organizado, corrupción, entre otros factores.

No hay que caer en el engaño de estos revolucionarios que encuentran los problemas de sociedad en el lenguaje, el género y otros fantasmas inexistentes como la “heteronormatividad” y el “heteropatriacado”.

Leonardo Gabriel Paredes Narváez

Investidura del sombrero

Sábado muy temprano, la fragancia del corral se mezcla con el aroma del café recién colado, mañaneando para recorrer a caballo los potreros, caminos veraneros, revisar cercas y corrales; al medio día, saborear la bendita provisión del campo litoralense, cuajada, plátano, carne y “choclos” asados.

Mientras ajusto las espuelas, los caballos perciben, resoplan, relinchan; levanto los ojos al perchero de sombreros, fijo la mirada en el blanco junto al plazarte. En mi memoria vibra el día en que de niño fui investido con mi primer sombrero montubio, por mi tío Don Cesar Antonio Jijón.

En casa, así como se aprenden moral y buenas costumbres, en casa donde se transmiten valores, responsabilidad y respeto, también se aprende y transmite el uso del sombrero y a respetar la investidura del mismo que va más allá de su uso.

Desde siempre hemos aprendido, a descubrirnos del sombrero al entrar a algún lugar cerrado como casas o iglesias, a quitarnos el sombrero en señal de respeto ante una persona, a llevar el sombrero sobre el pecho al escuchar algún himno, o sostener el sombrero en alto para despedirnos. Mi costumbre es tocar el ala de mi sombrero con una leve inclinación de cabeza para saludar y mostrar respeto.

Se ha vuelto costumbre mala ver “ensombrerados” a políticos pidiendo votos en el campo, embusteros hablando a nombre de los campesinos en busca de prebendas personales, ambos grupos vendedores de falacias que no merecen vestir sombrero.

Investirse de un sombrero, es recibir la cultura, es asumir un compromiso social por un pueblo, es involucrarse en la visión de progreso, es investirse de coraje por las luchas justas, pero sobre todo investirse de respeto por los demás y de una vida digna.

Estimado lector, la próxima vez que use un sombrero, piense si solo se viste o se inviste.

Pedro Pablo Jijón Ochoa

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