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Enemigos

En los primeros años de la cristiandad los seguidores de Jesús de Nazaret rezaban a escondidas. Temerosos de las autoridades romanas y judías lo hacían en lugares que suponían que no se les iba a encontrar. Lo hicieron en los pueblos en donde Jesús predicó y en los lugares más distanciados en donde había llegado la palabra. Todos estos territorios pertenecían al imperio romano y sus pueblos eran súbditos del emperador. El gobierno ejecutor, legislador y de justicia era ejercido por el César, acompañado por instituciones leales y comprometidas con ese orden.

Era necesario mantener ese sistema autoritario para que el imperio subsistiera. Para ello se encargaba al Ejército que era el que implementaba la Ley aprobada por el Senado y ordenada por el Emperador. Cuando las ideas liberadoras y nuevas de los cristianos fueron progresivamente aceptadas el imperio reaccionó y los declaró enemigos.

Se inició una persecución despiadada y de todo orden para acallar al sedicioso. La consigna era que desaparezcan los cristianos utilizando cualquier método, muchísimos fueron asesinados en sus casas en la calle y hasta en el circo romano. Callaron, ¡no! En los años posteriores a la persecución se afianzó la doctrina de la fe cristiana y muchos de los perseguidores se unieron para seguir ese camino. Prevaleció una verdad que no se originó en la sedición y que fue mal llamada enemiga.

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