4 de diciembre de 2020 00:00

Los chullas quiteños

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Carlos Mosquera Benalcázar

Elegantísimo, bien afeitado y peinado, rayas del pantalón cual cuchillas, cuello y puños de la camisa impolutos, corbata vistosa, medias finas y zapatos brillantes, locuaz y pícaro, “dicharachero” y “piropero”, soñador y gentil de mente ágil y con respuesta para todo, generalmente sin medio en el bolsillo, pero con una “sal” envidiable para contar los “cachos” y un volumen de versos almacenados en el cerebro; así es o fue el “Chulla Quiteño”. Inspiró un hermoso pasacalle que es todo un himno que vibra en las “chivas” y en los festivales y dejó bien sentado su poder seductor y su estirpe. Y que nadie se atreva a quitarle la leva o espulgar sus pies, porque encontrará que no hay mangas ni espalda en la camisa y en las suelas dos tremebundos “chilpidos” que pronto han de convertirse en huecos. “Feriado ha de ser el día de su nacimiento bonita” “Si yo fuera usted no podría vivir sin mí”, “Sus ojos son más negros que mi destino”, le susurraba a la guapa quiteña, para luego volar donde los “ciegos” de la 24 y convencerlos de un serenito gratis. Actores de anécdotas y cuentos, conocedores de todo el mundo e infaltables en todas las farras, así forjaron su historia el “Lluqui” Endara, el “payaso” Vega, el “terrible” Martínez y el Fernando Suasnavas, este último aún en vigencia. Él siempre empieza diciendo en sus números humorísticos: “voy a tratar de hacer algo muy difícil en estos tiempos: arrancarles una sonrisa’ y luego desarrolla con memoria prodigiosa y mímica genuina, cientos de “cachos” que de tanto divertir lastiman las comisuras, para terminar con el infaltable verso que pondera la “Canción a mi Loma Grande”, el “Poema de la culpa” o la “Canción a los barrios de Quito”. Pareciera que por él no han pasado los años, pero aun así los amigos suelen opinar: “a este viejo sí que hay que cuidarle”, para luego parafrasear algunos fragmentos en honor a su arte dedicados y que, a través de sus ejecutorias, se pueden extender a todos los chullas quiteños: “Del verso frenético/ y del chiste raudo/ que bordeando la ironía/ obliga a la gente/ a que siempre sonría. De hacer cómplices a todos/ del bullicio contumaz/ de trocar penas en risas/ de todo ello eres capaz. Picar-día, sal quiteña/ risotada y lágrima/ anécdotas y mundo/ todo aquello en un segundo”. Es poco lo que se pueda decir de estos hidalgos nativos de la “Cara de Dios”, sus “fechorías” sanas alteraron entre carcajadas y mojigatos comentarios la franciscana tranquilidad de Quito y fueron luego inspiradoras de fábulas y cuentos que de generación en generación han llegado hasta nuestros días para alegrarnos la vida. 

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