30 de septiembre de 2018 00:00

El faquir en Quito

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Fernando Esparza Dávalos

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Deambuló por el azafrán que hería las neuronas, por el líquido amarillo que hace cantar a las gacelas, pasillos. Escribió sobre los indios con derecho justiciero, en realidad, fue una revelación del más allá, “anda, da diciendo” No sé cuándo será que se inició en la teosofía, en el sendero de los grandes maestros, por la escuela de los hermanos cristianos amaba a Dios y por la escuela de la vida, tal vez lo odiaba, se consolaba en su “Catedral Salvaje”, en el cuerpo de mujer, en los copones donde saciaba su sed de placer, iniciada locura. Su caligrafía como se desprende de las cartas era lasalleana y su razonamiento indostánico. Los que le conocieron dicen que andaba como desprendido, y que sus ojos escapaban constantemente hacia los vacíos, hablaba al final solito. La Academia de la Lengua ha decidido y en hora buena presentar sus libros, los escritos de periodistas ecuatorianos y venezolanos sobre él, está su última entrevista como si fuera hecha ayer.

Hay versos como “Canción a Teresita” que deja temblando a nuestra pobre humanidad. Cesar Dávila Andrade fue un coloso, un buscador de vida hasta la muerte, que no la alcanzó a zarandear bien, porque fue vencido por su Espacio: las fantasías terribles de sus trece cuentos y otros engendros más.

Los que no estamos en antología alguna lo saludamos con un gran abrazo Vallejiano y de manera especial a su sobrino Jorge Dávila Vásquez, por igual, gran escritor cuencano y poeta que hizo bien en promover este recordatorio de su tío.

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