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Cartas al Director / 23 de junio de 2022

LAS CONTRADICCIONES DEL PARO

C. Wellington Ríos Villafuerte

Dicen que representan al pueblo y no les apoya ni siquiera  todo el sector indígena que no supera el 5 % de toda la población. Pregonan que  son marchas pacíficas y lo que se ve son ataques a la propiedad  privada, a ambulancias, saqueos de negocios,  tomas de pozos petroleros. Dicen luchar por los pobres del país y el paro afecta precisamente a los más pobres, que no pueden abrir sus pequeños locales, hacer recorridos con camionetas o taxis y al extremo que los minadores de basura no pueden hacer su trabajo para ganar el mísero sustento del día. Piden más trabajo y atacan y destruyen justamente las empresas que  son la fuente de empleo digno. Están en contra de las actividades extractivistas para defender la pachamama y tumban y quemas árboles y vegetación.

Reclaman el encarecimiento de los productos de primera necesidad y este paro contribuye a lo mismo porque fomenta el desabastecimiento de los mercados con el cierre de carreteras. Reclaman más recursos del estado e impiden actividades productivas, como el turismo, la producción y la exportación.

Señor Iza es difícil entender el perjuicio que está ocasionado al país que no acaba de superar la crisis del coronavirus?; nadie le impide la protesta pero utilice otros medios y reformule los reclamos hacia la solución de las grandes problemasas que sufre el pueblo desde siglos, como la pobreza, la inequidad, la desnutrición infantil, la inseguridad, falta de atención médica, mala educación, falta de fuentes de empleo, etc. 

…Y ahora, ¡quién podrá defendernos!!

Luis Alberto Zamora D.

La más triste revelación que nos deja esta nefasta “protesta pacífica” del sector indígena, al cual se sumaron sectores sociales interesados en desestabilizar al poder democrático y de lo que terminarán beneficiándose organizaciones delictivas que han asolado nuestro país en los últimos años, es la total indefensión en que nos encontramos los ciudadanos comunes de esta otrora isla de paz que era el Ecuador. Vemos hoy horrorizados y atemorizados cómo el Estado ecuatoriano ha sido rebasado por la violencia que en las calles han impuesto grupos manipulados por oscuros intereses, disputándose las mieles del poder y del control del tráfico de drogas a través de actos como las muertes por sicariato en la costa, y a través de la “protesta pacífica” que inunda en especial la sierra ecuatoriana, sembrando el miedo con el que vivimos los ciudadanos de bien. La inusitada violencia con que estos sectores beligerantes tienen secuestrada a la capital es espeluznante. Y este sentimiento de ausencia del Estado en su obligación de proteger a sus ciudadanos se extiende por todo el territorio nacional. Nunca como hoy nos sentimos tan desprotegidos. Parece ser que hemos sido desbordados por la delincuencia y que no hay poder humano, al menos en nuestro país, que sea capaz de enfrentarlo y devolvernos algo de paz que permita vivir con la tranquilidad para trabajar por un futuro de desarrollo sostenido y justo para nuestra sociedad. El Estado está en deuda con su pueblo, y el poder político y la fuerza pública, responsables de mantener el orden y la paz, han demostrado su total ineficiencia para hacerlo.