Texto y contexto crítico

Texto y contexto crítico es un espacio de ideas libres sobre la política nacional. Otros artículos del autor: http://bit.ly/jImbaquingo

Jorge Imbaquingo

Jorge R. Imbaquingo

Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Central. Knight Fellow Stanford University 2012. Es periodista desde hace 23 años. Colabora con el Grupo EL COMERCIO desde el 2016 como Editor de Ciudad. Actualmente ocupa el cargo de Editor Político.

El encuentro como concepto en el país de la suma cero

El encuentro, nacido como un eslogan de campaña, es una oportunidad para que se busque un proyecto de país. Esta reflexión es de Alexandra Vela, quien fuera jefa del Gabinete Ministerial de Jaime Roldós Aguilera, y exvicepresidenta del Congreso Nacional. Lograr la sistematización de una propuesta tan amplia, como es el concepto mismo de encuentro, es un reto que el Ejecutivo debe tomar.

Vela, en una entrevista concedida a este Diario, mostraba su impresión sobre este criterio de encuentro que, en por momentos, lo ponía en el mismo nivel del concepto de unidad. Inevitable fue también que saliera la noción de diálogo. Vela ordenó esos juicios de esta forma: el encuentro, como inicio; la unidad como fin; y el diálogo como un mecanismo para llegar al objetivo final.

Como en todo proceso, las entropías generan dudas: por una parte, quiénes deberían ser los llamados al encuentro y cómo implementar los diálogos. Sobre todo, luego del fallido proceso liderado por el expresidente Lenín Moreno. El llamado al diálogo de Moreno sentó en la mesa a varios sectores, desde los indígenas, los sindicalistas y los empresarios. De alguna forma las fuerzas político-partidistas se mantuvieron al margen. Ese diálogo tuvo dos fases, para la segunda ronda, que fue encargada al entonces vicepresidente Otto Sonnenholzner, poco a poco se fueron bajando de él los invitados ya que no hubo resultados claros del primer momento.

Una maniobra política que merecía un poco más de compromiso. Queda la duda de si ese proceso fue un truco para ganar tiempo y llegar a completar el periodo de los cuatro años. El diálogo es una aspiración legítima y genuina, y no puede jugar con ella: el diálogo para que los grupos subversivos dejaran las armas a inicios de la década de 1990 fue clave para la paz y la seguridad interna del país. El diálogo para elaborar las constituciones de 1998 y del 2008 también fue determinante para el rumbo democrático del Ecuador, aunque éstas tuvieron matices y claroscuros que exacerbaron las diferencias entre los que se decían buenos y el resto al que desdeñaban (y el viceversa es necesario, pero lamentable).

Sobre el tema de quiénes deben ser llamados al encuentro, Vela cree que hay que diferenciar a los actores políticos, que tiene representatividad por dirigir los partidos y movimientos, y a los ciudadanos que votaron por ellos. Es comprensible, la mesa de diálogo puede ser convertida en un campo de batalla sobre todo en una cultura de la suma cero que, según la teoría de los juegos, demuestra que nadie gana cuando nadie cede. De ahí que los ciudadanos tienen la posibilidad de participar, pero los dirigentes deben ir dispuestos a sumar.

Sumar cero es el grave problema nacional. En el sector público. En el sector privado. Pero, sobre todo, está tan profundamente implantado en el ADN de los actores políticos de este país que es casi utópico una sociedad que dialogue y llegue a acuerdos. Y si ya lo propuso, el Presidente debe remangarse las mangas de la camisa y ponerse a trabajar en ello.

Que el encuentro no se quede en un eslogan de campaña. Da para más.