Texto y contexto crítico es un espacio de ideas libres sobre la política nacional. Otros artículos del autor: http://bit.ly/jImbaquingo
Jorge R. Imbaquingo
Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Central. Knight Fellow Stanford University 2012. Es periodista desde hace 23 años. Colabora con el Grupo EL COMERCIO desde el 2016 como Editor de Ciudad. Actualmente ocupa el cargo de Editor Político.

(In)decisiones cada día, alguien gana, alguien pierde...

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Miércoles 31 de marzo 2021

Hay una realidad y una maquinaria que la mueve para que sea leída de cierta manera. Las campañas políticas son el escenario perfecto para visualizar esa metarrealidad (¿suprarrealidad, realidad impuesta?). Como periodistas hay que estar informados para ver con precaución esa narrativa casi inventada y para decodificar su producción.

Entre tantas fuentes consultadas, hay frases que se quedan pegadas. Unas son publicadas, otras por ser tratadas “off the record” se quedan en la mente del periodista. Una que se publicó y que se acerca mucho a lo que siento cada vez que hay una campaña política, y que resume bien la realidad macro es la promulgó Pablo Lucio-Paredes, quien amablemente aceptó participar en un foro en este Diario para analizar el debate presidencial. “Siempre me hace sonreír cómo la política consiste en que haya un señor que va a ser presidente y que le miramos como si tuviera la varita mágica para resolver todos los problemas”.

Otra frase, en el otro borde, es la de un consultor que ahora mismo estudia una maestría de Gobernabilidad y Gerencia Política en una universidad de Guayaquil. Discutíamos sobre la representación mesiánica de los candidatos y cómo el marketing político la exacerba. No pondré en comillas su comentario, porque era una conversación “off the record”, pero más o menos decía esto: En las clases de marketing electoral te dejan claro desde el primer momento que una cosa es la campaña y otra muy distinta el gobierno. Además, que un buen consultor debe abandonar al candidato una vez que se convierte en funcionario.

De esas frases se puede concluir que hay un problema con la democracia electoral como tal, las personas ven en el político a un ser crístico, redentor, que puede sacar al país de sus yerros más sistémicos y abyectos. Y por el otro, que en campaña se construye milimétricamente una imagen y que el ejercicio del poder es una dimensión diferente y excluyente. Lucio Gutiérrez dijo que “cortaría las uñas a la corrupción”, y todos sabemos lo que pasó; Correa en el 2006 dijo que bajaría el IVA al 10%, terminó subiéndolo temporalmente; Moreno en el 2017 dijo que daría un millón de empleos, y podrá decir que octubre, que la pandemia... todo queda en el limbo de las promesas momentáneas.

De ahí que, de aquí hasta el fin de la campaña, el 8 de abril, las dos candidaturas no dudarán en mostrar su lado dulce y, al mismo tiempo, hacer campaña sucia, porque hay un buen porcentaje de indecisos que, según las encuestas, están entre el 15 y el 18%, y ellos pondrán al próximo presidente. Y todo se vale.

Si algo bueno tienen los indecisos es que votarán con dudas y esas incógnitas los harán reaccionar mejor que sus pares del voto duro. Ellos tienen un esquema de gobernanza para el nuevo Ejecutivo: exigir responsabilidades.
Este es el momento en el que el coro de la canción de Rubén Blades suena: (In) decisiones, cada día. Y eso cambiará el 11 de abril para recitarse en su sentido original: “Decisiones, cada día, alguien pierde, alguien gana, Ave María”…

Que ganen los ciudadanos, por favor.