Texto y contexto crítico es un espacio de ideas libres sobre la política nacional. Otros artículos del autor: http://bit.ly/jImbaquingo
Jorge R. Imbaquingo
Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Univeridad Central. Es periodista desde hace 21 años. Colabora con el Grupo EL COMERCIO desde el 2016 como Editor de Ciudad. Actualmente ocupa el cargo de Editor Político.

Los 91 del patíbulo

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Martes 13 de noviembre 2018

En Política, los cabos sueltos no son gratuitos. Se los deja tendidos para que en el momento preciso, no permitan avanzar. Eso es lo que pasó en la Asamblea, en el caso de los procesos abiertos para la autodepuración, ya que no hay un reglamento que defina el mecanismo de votación: con mayoría absoluta (70 votos), simple (la mitad de los presentes en el Pleno más uno) o calificada (con los 2/3 de los votos, es decir, 91).

El pasado jueves, la Asamblea decidió que los procesos contra Norma Vallejo (por supuestos diezmos) y Sofía Espín (por visitar a una testigo protegida en caso en el que está procesado Rafael Correa) debían llevar a su destitución solo si se cuenta con 91 votos.

Dos razones ingeniosas dio el asambleísta Fernando Flores (Creo), que se llevaron los aplausos del Pleno. La primera: que para censurar a ministros, se necesitan 91 votos, por lo que si un asambleísta va a ser destituido, debería ser ese mismo mecanismo.

La otra: “Vamos a defender la institucionalidad de la Asamblea Nacional. No vamos a permitir que simplemente por intereses personales se le quiera bajar a un asambleísta. (...) Por eso me permito levantar a moción que el número para destituir a un asambleísta sea las dos terceras partes de este Plenario”, aseguró Flores.

Pero la moción se aprobó con 87 votos.

Nuestros legisladores son tan poco consecuentes con sus palabras que con esa misma lógica debieron haber aprobado la moción de Flores, es decir, con 91 votos. Y si hay un reglamento para aprobar este tipo de resoluciones con mayoría simple, para imponer una mayoría calificada en votaciones posteriores, debían conciliar la legitimidad con lo que llaman institucionalidad. Pero quedaron como políticos defendiéndose entre ellos.

Ahora solo queda que tal como en la película Los 12 del patíbulo, en la que un comando se lanzaba a una misión suicida, se reúnan Los 91 del patíbulo en la Asamblea y le den algo de credibilidad a esa mancillada institución en la que sobran los cabos sueltos.