Respirando Bienestar

Un espacio para hablar del bienestar que genera la práctica del ejercicio y la alimentación saludable en nuestro día a día. Aquí no hay espacio para solo el atún y la lechuga.

Paola Gavilanes

Paola Gavilanes

Licenciada en Comunicación Social por la U. Central del Ecuador. Colabora con Grupo EL COMERCIO desde el 2007. Trabajó en la sección Deportes, Tendencias y Construir. Ahora escribe sobre BIENESTAR. Deportista aficionada y amante de la comida hecha en casa.

También caí en la ‘novelería’… ¡y la familia creció!

Las plantas transmiten paz y buenas energías. Foto: Pexels

La familia creció: pasó de dos a ocho integrantes. Hace 30 semanas finalmente fui a los viveros de Nayón y compré dos plantas. Nunca antes había tenido una; ellas -al igual que los seres humanos– requieren de cuidados para crecer fuertes y sanas. Y eso, precisamente, utilizaba como pretexto para evitarlas.  

Otro punto a favor de la bendita pandemia provocada por el covid-19. Después de pasar meses encerrada en casa me urgía ese contacto con la naturaleza. Las plantas fueron mi cable a tierra; dejé de pensar en el futuro y me concentré en el presente. 

Compré una palmera y una dieffenbachia. Esta última llegó con amiguitas: otra dieffenbachia, un bambú y dos sansevierias. Así es como ahora somos ocho seres vivos compartiendo espacios. 

Para saber sus nombres tuve que navegar en la web. De allí tomé varios ‘tips’ para que sus hojas luzcan muy verdes y para evitar a las plagas. Descubrí el abono que les sienta mejor y cada qué tiempo debo regarlas. Resulta que en los viveros te comparten consejos generales que a veces resultan inservibles.  

“Ponga agua en un vaso grande y riegue cada semana”, me dijeron cuando las compré. ¿El resultado? Las estaba ahogando. Entonces se llenaron de mosquitos. Como eran muy torpes para volar permanecían todo el tiempo sobre la tierra. Empezaban a volar cuando llegaba la hora de hidratarlas. Estuve a punto de botarlas.  

Pero para ese entonces la Ana María, la Manu, la Cleo, el bambú y las Lolitas se habían ganado mi cariño. No podía deshacerme de unos seres vivos a los que les hablaba por la mañana y les cantaba luego de cumplir con mi trabajo. Digamos que a las 17:00 empezaban los mimos. 

Definitivamente fui incapaz de deshacerme de ellas y otra vez recurrí a la web. La solución era sencilla, pero tomaría tiempo. Antes de hidratarlas tenía que asegurarme de que en realidad querían agua. Antes de podarlas debía hallar el punto exacto para evitar dañarlas. También tenía que remover la tierra para oxigenarla.

Pasaron los días y ahora están libres de mosquitos. Las hojas lucen un verde intenso; cada día aparecen más y más. Eso -para mí- significa que lo estoy haciendo bien. Ninguno de nosotros nace con un manual para vivir la vida o para cuidar a una planta o una mascota. Pasa lo mismo con los hijos.

Tengo amigas que están 100% convencidas de que las plantas morirán apenas lleguen a sus manos. Y claro que sucederá eso porque ya existe una predisposición. Sin embargo, les adelanto que, si riegan, podan y cantan con amor todas sus plantitas vivirán. No importan si tienen una voz poco melodiosa como yo (risas), pues estoy convencida de que ellas disfrutan, tanto como yo.

Además, toda esa dedicación les será retribuida con dosis de paz. La naturaleza tiene ese poder de sanar y de renovar energías. Yo, como seguramente muchos de ustedes, vivo en una ciudad llena de cemento, rodeada de muchas montañas grises y de unas cuantas verdes, así que me parece justo y necesario pintar de verde y llenar con más vida mis espacios.   ¿También pusieron color a sus vidas?

Los leo en [email protected]