Respirando Bienestar

Un espacio para hablar del bienestar que genera la práctica del ejercicio y la alimentación saludable en nuestro día a día. Aquí no hay espacio para solo el atún y la lechuga.

Paola Gavilanes

Paola Gavilanes

Licenciada en Comunicación Social por la U. Central del Ecuador. Colabora con Grupo EL COMERCIO desde el 2007. Trabajó en la sección Deportes, Tendencias y Construir. Ahora escribe sobre BIENESTAR. Deportista aficionada y amante de la comida hecha en casa.

¿Gatos en mi casa? ¡Ni loca!

Esta es La Gorda. Llegó a casa a los 15 días de nacida. Caminaba despacito y casi no tenía pelo. Yo diría que eran pelusas. Foto: Paola Gavilanes/ EL COMERCIO

Ni gatos ni perros en realidad. Nunca -en mis 30 y piquito (años)- tuve una mascota. Respeto y tolero a los animales y jamás les haría daño, pero con el solo hecho de pensar en sus cuidados y necesidades me descompongo: las vacunas, la comida, la arena, los juguetes, las vitaminas, minerales, la ropa para el frío, los collares, las placas de identificación… apapachos y más apapachos, es decir, amor y más amor.  

Ese amor equivale a tiempo, y eso es lo que menos tengo: trabajo, hago ejercicio, cocino y así. A veces la lista de quehaceres resulta interminable y extremadamente agotadora. ¿Para qué complicarse? 

Además, los perros y gatos botan demasiados pelos y yo soy alérgica. También estornudo cuando hay mucho polvo o cuando hace demasiado frío, pero esa sensación de estar resfriada solo aparece cuando se me acerca algún peludo, me refiero a los de cuatro patas (risas). ¡Tengo un certificado médico que lo avala! No piensen que son pretextos.  

Otra cosa: aunque soy afectuosa -lo justo y necesario- con la gente que amo, me resulta complicado mimar a los perros y gatos, sobre todo a estos últimos. ¿Cómo puedes darle afecto a una criatura que te mira fijamente a los ojos con aires de superioridad? O ¿cómo llenarla de besos si al tercer acercamiento te muestra las garras? Y es que así son los mininos, que también aman dejar sus huellas por donde pasan y me disculpan, pero mi mesa de centro es intocable.

Bueno, eso pensaba y me pasaba hasta antes de que llegue La Gorda (su verdadero nombres es MisaMisa). Cruzó la puerta de mi casa luego de minutos de insistencia por parte de mi hijo. “Mami, nunca he tenido una gatita. Mami, yo la voy a cuidar. Mami, yo limpiaré el arenero y le daré de comer. Mami, mis amigos encontraron a tres gatitos dentro de una funda de basura, dentro de un basurero“.  

Me conmovió que mi hijo tuviera esa sensibilidad y finalmente dije: que venga. Pero tú la cuidas. ¿Adivinen? Es mi mimada ahora y sí, ya se subió a la mesa de centro. Esa seriedad y esa independencia que poseen los gatos siempre fueron una barrera para mí, pero resulta que esas mismas características me tienen maravillada; desde que llegó fue a su arenero. ¡Una verdadera lady!  

Me habían dicho que los gatos destruyen todo con sus garras. ¡Mentira! La Gorda solo tiene una ligera obsesión con la Ana María (mi palmera). También me dijeron que no responden a su nombre. Otra gran mentira porque mi gata deja de hacer yoga sobre mi planta cuando le digo firmemente: Gorda, baja.  

Me mira, calcula la distancia que existe entre la maceta y el piso y salta. Eso sí, no hay forma de bajarla de mis piernas cuando trabajo o de mi cama cuando llega la hora de dormir. Sí, dormimos juntitas. Resulta que también es mentira que los gatos son ariscos. Ellos entregan su amor a quien lo merece.

Ella cierra sus ojitos luego de un sutil masaje en la barbilla. La Gorda, en cambio, me arrulla con sus ronroneos; es como un pequeño motorcito. Al inicio me costó descansar porque se levantaba a la madrugada. A las 02:00 era la hora más apropiada para saltar sobre mi cabeza y darme toquecitos en la cara con sus patitas. Luego de 35 días de convivencia podemos dormir seis horas de corrido.  Cuando yo me excedo, ella, quieta, espera a que me levante. Ahora sí, vamos a desayunar.

La Gorda se ha convertido en mi pastilla antiestrés. Me divierto tanto con sus ocurrencias. Y como el universo es sabio, la alergia se mantiene a raya. Qué cierto es eso de que uno jamás deja de aprender y de sorprenderse. Qué loco que algunas de las enseñanzas más importantes de la vida te las den esos seres vivos. Somos fuentes inagotables de amor, solo hay que saber abrirse y entregarlo. Obviamente hay que saber a quién se lo das: yo acerté con mi Gorda, aunque con los animalitos no hay margen de error.  

Con seguridad puedo decir que se trata de mi segundo mejor regalo pandémico. Sobre el primero les contaré en otra ocasión.

PD: Amar, además de alimentar y mimar, también significa esterilizar, justamente para evitar que perros y gatos mueran asfixiados dentro de una funda de basura, dentro de un basurero. 

Los leo en [email protected]