Escaparate Cultural

Este es un espacio en el que se exhibirán ideas y reflexiones sobre libros, arte y series de televisión. Parafraseando a Jorge Luis Borges: Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído y lo que he visto Twitter: @itoflores84

Gabriel Flores

Gabriel Flores

Licenciado en Comunicación Social por la U. Central del Ecuador. Máster en Literatura Hispanoamericana y Ecuatoriana por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Colabora con grupo EL COMERCIO desde el 2014. Escribe para la sección Cultura e Ideas.

‘Mi amiga brillante’

Desde el primer capítulo, la amistad entre Lila y Lenú, las protagonistas de ‘Mi amiga brillante’, se anuncia como una relación marcada por dos fuerzas: una animal, ese irrefrenable instinto de competencia y una humana, ese anhelo de querer para uno lo que encuentra de atractivo en otros. Lo que no se avizora, y es parte del enigma de la historia, es cómo esta amistad, que en principio era improbable, terminará marcando el destino de estas dos mujeres para el resto de su vida.

La serie de HBO y la RAI es una adaptación de Saverio Costanzo, de la tetralogía escrita por Elena Ferrante, una saga que está compuesta por ‘La amiga estupenda’, ‘Un mal nombre’, ‘Las deudas del cuerpo’ y ‘La niña perdida’, novelas que se han convertido en best seller en Italia y en países como Estados Unidos y Canadá. Ferrante es el seudónimo de una escritora cuya identidad hasta ahora es un misterio -la única que conoce su verdadero nombre es su editora-.

En la segunda temporada, que se estrenó en abril de este año, esas fuerzas, que desde la infancia unen y repelen a Elena Greco (Lenú) y Raffaella Cerrullo (Lila), encuentran su punto de ebullición. Mientras que la primera logra, a través de los estudios, torcer el destino que su familia le tenía trazado, la segunda lucha para no amoldarse a los roles que le impone, como al resto de mujeres de su época, la sociedad en la que se desenvuelve: ser una esposa, madre e hija abnegada.

La adaptación de la historia de Ferrante tiene varios atractivos dentro de su narrativa visual: la actuación deslumbrante de Gaia Girace (Lila); y el retrato de la sociedad napolitana de la segunda mitad del siglo XX, un mundo en el cual se vislumbra el anhelo de desarrollo que llegó luego de la Segunda Guerra Mundial; la marcada distinción de clases sociales -las protagonistas viven en un barrio periférico poblado por artesanos y obreros-; y la marginalidad y violencia a la que eran sometidas las mujeres.

El puente que conecta la vida de las protagonistas, a pesar de los avatares del tiempo, es la lectura. Cuando son niñas, Lila y Lenú deciden leer, de forma clandestina, ‘Mujercitas’. Al terminar el libro, las dos descubren que leer a dos voces no es solo otra forma de conocimiento, sino también de goce y complicidad. Lila siempre vuelve a los libros para iluminar sus días más oscuros y violentos y Lenú regresa a ellos para construir su camino como escritora.

Cada vez que Lilia y Lenú se encuentran, no importa cuánto hayan discutido la última vez que se vieron, o lo lejanos que parezcan los caminos por los que cada una transita, su relación fluye gracias a ese puente que construyeron en la infancia. Aquella habitación propia, de la que hablaba Simone de Beauvoir, en esta historia se va construyendo a través de los libros, la complicidad, el dolor, la pasión pero, sobre todo, de la decisión inquebrantable de dos mujeres, por no conformarse con lo que la vida tiene planificado para ellas.