Escaparate Cultural

Este es un espacio en el que se exhibirán ideas y reflexiones sobre libros, arte y series de televisión. Parafraseando a Jorge Luis Borges: Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído y lo que he visto Twitter: @itoflores84

Gabriel Flores

Gabriel Flores

Licenciado en Comunicación Social por la U. Central del Ecuador. Máster en Literatura Hispanoamericana y Ecuatoriana por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Colabora con grupo EL COMERCIO desde el 2014. Escribe para la sección Cultura e Ideas.

Más ‘Luis Miguel’ y menos ‘Selena’

Escrito en caliente este texto iría del aburrimiento que provoca la segunda temporada de ‘Selena’ y la euforia que generaran la mayoría de capítulos -el segundo es digno de un análisis sociológico- de la segunda temporada de ‘Luis Miguel’. Con el paso de los días y en frío resulta más interesante hablar de las razones que generan esos sentimientos.

Desde la primera temporada, la Selena que interpreta Christian Serratos está atada a la narrativa construida y autorizada por la familia de la ‘Reina’ de la música tejana. En ese empeño por cuidar la imagen de su hija y hermana, la familia Quintanilla le entrega al espectador un personaje plano, sin claroscuros y que a ratos provoca hasta bostezos.

En la segunda temporada todo empeora porque es evidente que las luces y las cámaras apuntan al personaje de Abraham Quintanilla. Si no fuera porque los éxitos musicales de Selena atrapan con la facilidad de un ¡bidi bidi bom bom!, lo mejor sería saltarse los nueve capítulos e ir directo al karaoke. 

En la otra orilla está Luis Miguel, el personaje interpretado por Diego Boneta, que en palabras de Octavio Paz sería un verídico hijo de la chingada. En este personaje la corrección política no existe. Luis Miguel chinga con la misma voracidad con la que muchos de los que están a su alrededor -incluida su abuela- lo chingan a él. 

El personaje que interpreta Boneta disfruta de la popularidad y la fama con la misma intensidad con la que puede hundirse en el fango de lo peor de la condición humana. A veces, porque otros -su padre, su tío, o sus amigos-, lo empujan,  y en otras ocasiones porque él decide arrastrarse hasta allí.

Los dos son personajes que tienen existencias que están atravesadas por la tragedia. El de Selena por una muerte temprana que se convierte en el colofón de la historia televisiva; y el de Luis Miguel por la explotación infantil que vivió con su padre y la desaparición de su madre.

En una ocasión Umberto Eco dijo que cada sociedad cultural tiene las novedades que se merece. En un mundo televisivo sobre poblado de series  no es una necedad señalar que el espectador se merece menos personajes como los que crearon los productores de ‘Selena’ y más como los que decidieron mostrar los de ‘Luis Miguel’. 

La razón es simple, mientras más matices y grietas tenga un personaje más fácil va a ser que el espectador se sienta identificado con su humanidad y también de que aparezcan reflexiones como las que Cristina Rivera Garza apunta en ‘¿Nos olvidan los muertos?’, un texto sobre las personas desaparecidas y los feminicidios escrito a partir de la canción ‘Hasta que me olvides’. Para lo otro está el karaoke.