Lo que otros callan por temor o timidez, aquí se lo dice sin anestesia. Es comentarista de fútbol de EL COMERCIO.
Alejandro Ribadeneira
Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Central. Es periodista desde 1994. Colabora con el Grupo El Comercio desde el 2000 y se ha desempeñado en diversos puestos desde entonces. Actualmente ocupa el cargo de Editor Vida Privada.

La final y las entradas para los visitantes

COMPARTIR
valore
Descrición
Indignado 11
Triste 7
Indiferente 4
Sorprendido 2
Contento 17
Martes 11 de diciembre 2018

Comentarista 
@guapodelabarra

A muchos les ha dolido profundamente que la última final de la Copa Libertadores de América se haya jugado en Madrid, la capital del imperio del cual se independizaron precisamente los emancipadores a los que rinde honores el torneo de clubes más importante de América del Sur. Pero, más allá de que Simón Bolívar jamás se hubiera imaginado semejante ‘afrenta’ a su legado, sobre todo porque nunca jugó fútbol, la realidad es que fue una idea maravillosa.

Y todo funcionó porque Madrid es una de las capitales, ya no del imperio de los Borbones, pero sí del fútbol. Solo ahí, el partido de River y Boca pudo jugarse con hinchas de ambos equipos y bajo un operativo de seguridad impecable, en un escenario majestuoso, imperial si cabe. Si hay algo de qué dolerse, es de lo que en Sudamérica se ha convertido el balompié, cada vez más alejado del profesionalismo y de la rivalidad deportiva para estar más cerca de la ‘rivalidad a muerte’, de los vándalos, de los corruptos y del escaso espectáculo dentro de la cancha.

Porque eso también quedó claro en la final de Boca y River, que en lo futbolístico hay muy poquito, y que más se habla de lo que pasa fuera del campo de juego. Por eso, la masa vive atenta a los escándalos, al barullo, al meme y a la violencia.

En Ecuador, estamos cada vez más cerca de esta realidad. Esta semana, los finalistas de la Serie A son incapaces de garantizar que la parcialidad rival tenga un lugar seguro y decente en el estadio del contrincante. Y no importa qué club comenzó el desaire y el irrespeto: nadie es capaz de entender que el fútbol se muere de a poco. Pero a nosotros no nos prestarán el Bernabéu.