27 de July de 2012 10:44

El desubique de Rafael Correa: querer desfilar en Londres

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La noticia de que el presidente Rafael Correa haya hecho una solicitud para desfilar en  Londres junto al equipo olímpico ecuatoriano en la ceremonia inaugural de los juegos parece un chiste. La verdad es que muchos pensaron que, en efecto, se trataba de un chiste.

Pero  la información aparentemente no es un chiste aunque en efecto sea inmensamente graciosa. Sin embargo, más allá de lo gracioso que pueda parecer que al presidente de un país se le ocurra desfilar por la pista atlética, el tema tiene un lado muy serio.  Más que serio, preocupante y hasta peligroso.

Primero está la falta de sentido de la realidad. Que un Jefe de Estado confunda a los juegos olímpicos con una plataforma para ser más visible, es decir publicitarse como lo hace con las herramientas criollas de propaganda es francamente desconcertante. Rafael Correa es sobre cualquier otra cosa Presidente de la República y no un candidato y peor aún miembro del equipo olímpico o dirigente deportivo. Por algo, el reglamento olímpico no es que prohíbe a los Jefes de Estado participar en el desfile sino que simplemente no concibe esa posibilidad.

No está demás de decir que el espíritu de los juegos es completamente apolítico, aunque en diversas ocasiones personajes siniestros como Hitler hayan hecho de los juegos olímpicos trampolines propagandísticos. Además, como presidente no podía exponer a los ciudadanos del país que lo eligió a un papelón internacional que hubiera supuesto su presencia en el lugar.

Pero la falta de sentido de realidad es solo parte de otro problema que ese sí es mucho más preocupante: la descomunal obsesión por publicitarse que tiene el presidente. Y esa obsesión descomunal no puede explicarse si no se considera que hay un problema sicológico de por medio.

 No nos engañemos, la iniciativa de estar en el desfile inaugural de los juegos olímpicos de Londres no puede responder sino a la idea de que de aquella forma su figura iba a estar más publicitada. Se trataba, en el léxico del evangelio oficialista, de un perfecto show mediático. El más grande y estrafalario show mediático inventado hasta ahora por el aparato propagandístico del Gobierno.

Lo que hay detrás de esta noticia, que a muchos costó creer y supongo que sigue costando, es un preocupante desajuste sicológico. Y eso nos incumbe a todos.

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