Fecha de publicación:
Fecha de modificación:
OPINIÓN
Hace unos días, mi hija dijo que cuando sea grande quiere ser periodista, como yo. Cuando me comentó eso, mi primera reacción fue de orgullo, porque ella se proyectaba en el futuro siguiendo los pasos de su mami.
Ser periodista es una profesión apasionante, en la cual cada día es una nueva aventura. Tiene baches, como cualquier otra carrera, pero en algún momento se llega a convertir en una forma de vida.
Su anuncio llenó mi alma de satisfacción, porque creo que mi hija sabe que todos los sacrificios hechos valen la pena y que el periodismo es un oficio noble. Mi pequeña hasta está convencida de que mi nombre es Nancy Verdezoto de El Comercio, creo que tantos años escuchando que me identifico como periodista de este Diario hicieron que ella se convenciera de que así me llamo.
Unas horas después de su anuncio, empecé a meditar sobre su aspiración. A pesar de lo hermoso de ser periodista, ahora el ambiente para ejercerlo es muy difícil y hostil. Cuando yo empecé en este oficio había otro Gobierno en marcha y los primeros de este no fueron tan complicados. Había cierta relación “cordial” entre el poder y los periodistas, pero ahora realizar este trabajo es más complejo.
Aunque puede resultar más apasionante el reto de trabajar en medio de las restricciones, demanda mucho más cuidado al momento de hacer una investigación o de escribir una noticia.
Acceder a información, que aunque por Ley es pública, es cada vez más difícil. Las instituciones estatales están en la obligación de entregar los datos que se requieran, pero ni con pedidos formales de acceso a la información estos son facilitados.
Hacer periodismo, cuando yo empecé, era más fácil. No porque se lo hacía con descuido, sino porque había respeto por el trabajo que se realizaba y no se minimizaba a los reporteros o a los medios de comunicación. Es cierto, hubo excesos y está bien que eso se corrija, pero ahora pagamos justos por pecadores y todos estamos metidos en la bolsa de las “bestias salvajes”. No importa cuánto hemos estudiado o nos hemos especializado, cuánta experiencia tengamos ni la ética con la que trabajamos, solo somos los “sicarios de tinta”.
Con ese antecedente, me resulta complicado alentar a mi hija a que estudie esta profesión. Tal vez por eso ahora hay cada vez menos estudiantes de Comunicación en el país. Según datos entregados por la Senescyt, apenas el 6% de los jóvenes que ingresaron a la universidad en el 2013, a escala nacional, optó por la comunicación como una forma de vida. Un porcentaje que tal vez vaticina el peor escenario, la desaparición de este oficio.
Por ahora, esos pensamientos quedarán solo para mí, mi pequeña tiene aún 11 años más para decidir qué será de grande. En ese tiempo, muchas cosas pueden ocurrir…