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Adolfo Macías: ‘El arte de la charla ha desaparecido’

Adolfo Macías Huerta es uno de los novelistas destacados de los últimos tiempos. Es, además, psicoterapeuta. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

El escritor Adolfo Macías es un gran conversador. Las charlas fluyen, y más cuando se habla del largo y sinuoso recorrido para confirmarse como escritor. Transitó por la filosofía creyendo que eso le daría para vivir, por la publicidad, que sí le dio para vivir. Hizo cine, hasta que comprendió que ser un psicoterapeuta le otorgaría el tiempo para dedicarse a su vocación: la literatura.

Pero hay algo que muchos no recordarán: también fue actor de una obra de teatro…

Claro, ‘Medardo versión punk’ de Luis Miguel Campos. Fue en la UNP. Fue algo fabuloso. Era vecino de Luis Miguel. Él había empezado a trabajar con el hijo de un general que era un punkero. El general la pasaba pésimo con el hijo y el hijo también con el general. Pero este muchacho era muy dramático y creo que no tenía resuelto su homosexualidad. Luego trató de suicidarse con sus propias manos, que es un método muy poco eficiente para matarse. Al director no le gustó el asunto y llegó a casa consternado porque el estreno estaba cerca y se quedó sin su actor para el monólogo. Le dije yo lo hago. Tuve ese impulso aunque nunca había actuado, pero me encantó.

Luego se dedicó al cine. ¿Qué fue lo que lo llevó a hacerlo?

Ese paso fue bastante desastroso. De alguna manera el cine fue una rebelión contra la literatura. En un momento dado, tuve una sensación de frustración, del fin de la literatura, como que era algo en extinción y fue eclipsada por una nueva cultura de la comunicación y que el gran trabajo artístico de masas se había trasladado al cine.

Ya que hablamos de suicidios, Hemingway -se dice- se mató porque ya no podía escribir…

El caso de Hemingway es más digno: es la incapacidad, pero en mi caso era la inutilidad del escribir. Me pasé al cine de manera improvisada, pero fue una experiencia negativa que me sirvió para regresar a la literatura, ser humilde y aceptar que lo que soy es un escritor. Hubo un intento de evasión y luego una especie de resignación. Me resigné a ser novelista.

¿Una resignación que satisface? Es como decir: ya nada, ni modo, es lo que hay…

Sí, es lo que hay en el sentido que es el talento que tengo, es lo que he hecho desde la adolescencia. No tiene la relevancia cultural y social que me gustaría que tuviera. Somos un pequeño país con escaso número de lectores y hay pocas posibilidades de que un escritor ecuatoriano sea tomado en serio por las grandes editoriales. El escritor mexicano es un buen negocio; en Ecuador, con no salir a pérdida los editores se sienten bien. Eso coloca al escritor ecuatoriano en una situación penosa a veces. Me ha tocado ignorar ese hecho y escribir y escribir. Por suerte me ha ido bien. Al menos saben que no van perder plata conmigo y que hay cierto prestigio que respalda el negocio, pero eso me pasó en la sexta novela.

¿Qué tal recibir regalías?

Son pequeñas comparadas con el esfuerzo. Llega un par de cheques al año de unos USD 800. La vez que más recibí fue de 2 800 y era ¡wow!

¿Qué tal es vivir esa incertidumbre en busca de la definición?

La incertidumbre es un estado de agonía. Siempre he tenido esta pulsión de ser. Todavía escribo como queriendo ser escritor, no como que ya lo fuera. Siento esa agonía adolescente de preguntarme qué quiero hacer con mi existencia, aunque no es el ideal que yo esperaba como estado psicológico. Quisiera estar más en calma a mis 60 años, sintiendo un nivel de realización y no con esa angustia.

Es asunto de seguir las pasiones.

Me ha tocado en la psicoterapia ver el drama de un montón de familias en torno a los hijos que no tienen nada. Es una cosa muy perturbadora ver a chicos de 17, 19, 21, 27 años, que siguen en una especie de marasmo y que sencillamente no tienen ganas de vivir y nada les interesa. Por ahí tienen el gusto por algo, pero se le va al tiro y vuelven a este desánimo profundo. Por eso está de moda el término la anhedonia, tanto que los muchachos se te acercan y dicen “lo que tengo es anhedonia”. Es un síntoma de la época y eso es perturbador porque yo viví lo contrario: el ansia profunda, la pasión intensa, la obsesión por algo.

Usted ha hablado mucho de la mentira y ha dicho que fue un gran fabulador de niño.

No podía evitar desde chico cambiar las historias, exagerarlas, adornarlas, introducir episodios nuevos y luego me quedaba enganchado y sentía una intensa excitación.

¿No había alguien que dijera ‘este tipo nos está tomando el pelo’?

Tarde o temprano alguien te cachaba, se daba cuenta. Y me berreaba: “ya no le creas nada, es pura mentira”.

¿Qué hacía?¿Cambiar de amigos?

(Risas) Esa está buena. O decir por un tiempo la verdad hasta recuperar el crédito y comenzar de nuevo con la mentira (risas).

Es la belleza de contar…

Ahora nos reunimos y ya no nos sentamos a contar anécdotas, como nuestros abuelos. Y las contaban con mucha prosa. La charla era un arte.

¿En qué se convirtieron las reuniones de ahora?

En comentar, criticar, burlarnos. Muchas cosas, pero no contamos.

¿Tal como en las redes?

Somos comentaristas, y además sin mayor fundamento. Comentaristas fugaces, breves, desorganizados, desordenados. Me da la impresión de lo que pasa en las reuniones ahora es la inconformidad y la ironía y el comentario como centro de la conversación. Ya no veo contadores de anécdotas fabulosas.

¿Hemos perdido la paciencia para las historias?

Si nos topamos en una reunión con algún veterano de esa escuela, y se sienta con toda la prosa del mundo a contarte de cuando vivía en la casa de sus abuelos en tal calle y arriba había una familia que tenía un piano, que se escuchaba todas las tardes, ya comienzas a mirar nervioso por la ventana para ver por dónde escapar. Ha desaparecido porque no hay quien la disfrute.

Trayectoria

Adolfo Macías Huerta es uno de los novelistas destacados de los últimos tiempos. Es, además, psicoterapeuta. Durante 12 años trabajó en publicidad, primero como ‘copywriter’ y luego como director creativo. Tuvo un paso breve por la dirección de cine.