4 de August de 2009 00:00

Vigilar la Constitución

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Carlos Alberto Montaner

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La señora Sonia Sotomayor será juez de la Corte Suprema de Estados Unidos. Tiene magníficas credenciales académicas, experiencia y es una persona inteligente.

Me da igual si es hispana y mujer. Parece una jurista responsable y sólida. La acusan de haber dicho que aporta a la justicia su condición de mujer latina, lo que ella supone agregaría a sus decisiones una sabiduría especial, opinión que simultáneamente muestra un cierto prejuicio, pero esa es una conclusión hipócrita de sus adversarios.

Todos opinamos y actuamos desde nuestros prejuicios, estereotipos, experiencias, lecturas, influencias y un infinito etcétera que incluye algo tan inmensurable y opaco como la carga genética y el aprendizaje familiar. Cada uno de los otros ocho miembros de la Corte Suprema también es producto único de una similar elaboración.

Precisamente, la labor de estos jueces es luchar conscientemente contra esas fuerzas ciegas e irracionales, incluso contra sus propias convicciones y emociones, para tratar de analizar y sentenciar  lo que objetivamente determina la ley. Algo muy incómodo y desagradable, probablemente contra natura.

Una de las más difíciles labores de la Corte Suprema es el control  de la Constitución. Estos nueve jueces deben decidir si los legisladores respetan la letra, el espíritu y, quizás lo más difícil, las intenciones originales de los redactores del texto, quienes vivieron hace cientos de años en un mundo bastante diferente al nuestro.

La principal función de una Constitución, más allá de regular la convivencia de la sociedad en el espacio público, es impedir que los representantes del pueblo tomen decisiones contrarias al texto fundamental que rige en el país. La Constitución también es un freno al uso de la democracia o regla de la mayoría. Nos salva, por ejemplo, de que la mayoría decida que las mujeres no deben educarse, los homosexuales puedan ser perseguidos y las minorías étnicas puedan ser privadas de sus derechos.

La  Corte Suprema es un freno a los excesos a que puede llevarnos la democracia cuando la mayoría no respeta o no reconoce ciertos derechos ‘naturales’ a los que arbitrariamente asignamos un origen divino para que los hombres no puedan arrebatárnoslos.

Para ello, efectivamente, los constitucionalistas reunidos en Filadelfía transfirieron la soberanía del rey al ‘pueblo’, pero sujetando a este díscolo sujeto con una camisa de fuerza constitucional concebida para impedir la tiranía de la mayoría.

Y entonces, como colofón, pusieron a la puerta de esa casa a nueve guardianes bien entrenados, a los que nadie había elegido y a los que resulta casi imposible despedir, dispuestos a defender la institución: la Corte Suprema de Justicia. Bienvenida al grupo, señora Sotomayor.

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