23 de September de 2009 00:00

Venezuela, el reino del absurdo

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Benjamín Fernández B.

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Este país tiene todo para ser rico pero se empeña en ser pobre. Tiene gente preparada y es gobernado por quienes carecen de ella. Nunca los precios del petróleo estuvieron tan altos pero sus niveles de inseguridad, pobreza y marginalidad, tan bajos. Nunca tantos sueños quedaron truncados por la obsesiva tendencia de un gobernante que se cree Bolívar pero emula torpemente al corcel del Libertador. Venezuela es el reino del absurdo con dos países confrontados. Con uno que expresa lealtad a pesar de seguir viviendo en la misma miseria que la vieja política ayudó a construir y, con la otra mitad incapaz de encontrar una idea y una oposición que se conviertan en alternativa.

Aquí hay tres mitos: “el dorado que todos creemos que alguien nos quita, el gendarme necesario que creemos que da sentido al concepto de Nación y la búsqueda obsesiva del afecto necesario”.  Todos explican muy bien aquí por qué surgió Chávez pero pocos pueden concebir una idea de cómo desalojarlo del poder por la vía de las urnas. Desconfían de los recuentos electorales, condenan la hostilidad, la osadía prepotente y el uso desembozado de los recursos públicos para estar siempre en campaña contra cualquier enemigo que le permita no hacer lo que debe.

Conocí  Venezuela hace 30 años.  Era el primer país que visitaba y cuya fiesta perpetua financiada en petróleo no podía impedir el crecimiento geométrico de la marginalidad y  la pobreza en las laderas. Carlos Andrés Pérez también quería ser Bolívar. Regalaba barcos a un país sin mar como Bolivia, conmutaba deudas a Dominicana y la celebración de la riqueza preparaba el camino al azotador de la democracia que llegaría montado sobre su misma lógica. Hoy tres décadas después no es posible caminar con seguridad  y la misma pobreza mira desde las alturas esperando bajar y pellizcar algo de la torta de una riqueza que sigue siendo mal distribuida y peor invertida.

Esta nación podría ser una de las grandes experiencias de desarrollo del subcontinente pero sus gobernantes se empeñan  en volverla pobre y marginal. Lo peor es que lo hacen llevados por “buenos propósitos retóricos” que no se compadecen ni con la urgencia de la gente y menos con la necesidad del trabajo.

Algunos dirán que Venezuela no es diferente a otros países latinoamericanos porque tiene los mismos componentes culturales que se empeñan en convertir oportunidades en tragedias. Sueños en decepciones. Hasta las ideas más nobles del socialismo terminan naufragando en un fascismo altanero, torpe y prepotente. La misma soberbia resentida consume las mejores energías de sus gobernantes y postergan el desarrollo de los pueblos entretenidos en una violenta refriega retórica diseñada para distraer, postergar y confundir.

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