4 de junio de 2019 09:53

Familias venezolanas subsisten de la venta de helados en la Ruta Viva y otras avenidas de Quito

Un ciudadano se ubica a un costado de la avenida Simón Bolívar para vender helados. Foto: Eduardo Terán / EL COMERCIO

Un ciudadano se ubica a un costado de la avenida Simón Bolívar para vender helados. Foto: Eduardo Terán / EL COMERCIO

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Diego Bravo
Redactor (I)

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Permanecen más 10 horas a la intemperie soportando el calor y la intensidad de los rayos UV. Portan cajas térmicas repletas de helados y se ubican en diferentes puntos de la Ruta Viva, la avenida Simón Bolívar y la carretera E35 para comercializar sus productos.

Son más de 20 heladeros, la mayoría extranjeros. Para mantener a sus familias, ellos trabajan en esas rutas que soportan diariamente el flujo de 120 000 vehículos. Uno es el venezolano Ángel Paiba, oriundo de la ciudad El Tigre, en el estado de Anzoátegui. Trabaja junto a su esposa, Joselyn. Ambos huyeron de la crisis económica y social que atraviesa su país.

Prefieren vender en la calle y no pedir dinero en los semáforos como lo hacen otros compatriotas. Viven en la casa de la persona que los contrató para laborar, donde también les proporcionan el desayuno y la comida al mediodía. Les pagan USD 15 diarios si logran comercializar 50 helados.

Su jefa compra las paletas al por mayor y las reparte entre 15 llaneros para que las distribuyan en la Simón Bolívar. “Hay días buenos y malos. Los fines de semana vendemos 80. La misma cantidad de lunes a viernes. Con eso nos alcanza para sobrevivir y enviar remesas”, cuenta Paiba. Su objetivo siempre fue llegar a Ecuador para ganar en dólares. Nunca pensó en trasladarse a Perú o Chile como otros paisanos.

En su tierra, él abandonó sus estudios de Administración de Empresas en la Universidad Nacional. Lleva tres semanas en Ecuador. Su prioridad es ahorrar dinero para traer a su hija.

Foto: Eduardo Terán / EL COMERCIO

Foto: Eduardo Terán / EL COMERCIO


Ante la presencia de vendedores de helados en esas vías y las quejas de los usuarios a través de las redes sociales, la Agencia Metropolitana de Control (AMC) realiza intervenciones permanentes desde el pasado 17 de mayo, indicó Estefanía Grunauer, supervisora de esa entidad.

Ayer por la mañana, 21 comerciantes fueron retirados. El objetivo es evitar que se produzcan accidentes de tránsito en esos sectores. También impedir que se expongan en sitios peligrosos de la carretera, utilizando el espacio público de forma indebida. Por ello, además, dos bodegas que abastecían del producto a los comerciantes fueron clausuradas porque no cuentan con la Licencia Única de Actividades Económicas (LUAE).

“No los perseguimos porque sabemos que laboran, pero por su bienestar es necesario que se retiren de esas rutas rápidas”, manifestó Grunauer. “La ciudadanía debe ser consciente y no comprar, al hacerlo aumenta la oferta y habrá más gente que se exponga”.

Desde el 17 de mayo se realizaron 12 operativos con agentes metropolitanos y personal de AMC. A estos se suman dos operativos más con la ayuda de la Policía Nacional y la Agencia Metropolitana de Tránsito. Se entregaron 295 exhortos (56 físicos y 239 verbales).

Un ciudadano venezolano se acerca a un camión para vender helados en la avenida Simón Bolívar. Foto: Eduardo Terán / EL COMERCIO

Un ciudadano venezolano se acerca a un camión para vender helados en la avenida Simón Bolívar. Foto: Eduardo Terán / EL COMERCIO


Pese a que se incrementaron los controles, los comerciantes piden que los dejen laborar. El venezolano Miguel Arroyo, de 27 años, recibe USD 20 diarios si logra vender 50 paletas al día a un precio de un dólar. Miguel pide al Municipio para que lo dejen laborar en la av. Simón Bolívar.

En su país, él fue guía penitenciario en las cárceles de Caracas, Barinas, Táchira y Barquisimeto. Ahora, trabaja junto a otros nueve compatriotas, quienes también reciben ayuda de su jefe. Les proporciona alojamiento y alimentación en una casa localizada en el Centro Histórico. Incluso les presta dinero cuando atraviesan problemas económicos. “Nos ayuda mucho”, cuenta Miguel.

Llegó hace dos meses a Quito junto a su esposa e hija, de 9 años. Al principio, laboró como cargador en el Mercado de San Roque, pero le pagaban muy poco. Luego optó por dedicarse a la venta de helados en la vía pública. Cada vez que un cliente se le acerca a comprarle uno, le pide que le ayude a conseguir un empleo.

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