3 de junio de 2018 00:00

Ciudadanos venezolanos ocupan nuevos espacios laborales de Quito

Antonio Billoti administra con otros socios un restaurante italiano en el centro-norte. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

Antonio Billoti administra con otros socios un restaurante italiano en el centro-norte. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

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Andrea Medina

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Mariana Gudiño recibe con una sonrisa al último cliente de la mañana que le pide un combo de arepa con café. Junto a ella, uno de sus nuevos amigos le ofrece al mismo comensal un jugo de naranja con zanahoria, en plena esquina del parque Inglés, en el norte de Quito. Los dos son de Venezuela, llegaron a Ecuador hace más de dos años.

Cerca de ellos hay un grupo, todos coterráneos suyos, que saludan y conversan entre como parte de una misma familia. “Ya somos hasta amigos de las señoras que venden cebichochos”, bromea Gudiño. “Ni con los policías he tenido problemas”, cuenta la mujer, de 29 años, quien reside legalmente en Ecuador desde el 2017. En su país natal laboraba como profesora de educación básica.

Gudiño es amiga de Ángel Espinosa, instructor de bailoterapia, quien también se gana la vida en uno de los espacios de este parque, con clases matutinas para un grupo de alumnas. “Somos como un conjunto familiar, tenemos hasta un grupo de Whatsapp”.

Ángel y Mariana están tranquilos al compartir su área de trabajo con otros comerciantes. “Cuando llegué era la novedad, empezaron a decirme que estaba llevándome los clientes, y me querían sacar. Pero luego me aceptaron”.

Eduardo Febres Cordero, de la Fundación Venezolanos en el Exterior, dice que hay comunidades de compatriotas suyos que son más visibles en diferentes sectores de la capital, como La Florida, Quitumbe o la plaza Foch, donde se desempeñan en diferentes labores. En este último sitio y en espacios públicos, reconoce que se mantienen los trabajos informales por las demoras en la regularización del estatus migratorio.

Algunos se suben a buses a vender chocolates. Otros -los más carismáticos- optan por entretener al pasajero con trucos de magia, o hacen las veces de comediantes para ganarse unas monedas.

En el sector de La Mariscal, por ejemplo, hay decenas de ciudadanos extranjeros ejerciendo diferentes actividades como en la venta de caramelos o cigarrillos o como anfitriones para los bares o restaurantes de esta zona. Allí trabaja José Genoviedo, desde hace seis meses, vendiendo tabacos.

Él dice que al menos así tiene un ingreso pero que no le da para mucho durante las pocas horas de la mañana y noche que acude para vender.

Desde enero hasta abril de este año se ha registrado el arribo de 284 277 ciudadanos de Venezuela al país, de los cuales han salido 242 418, tanto por las terminales aéreas como por las fronteras terrestres.

La Asociación de Venezolanos en Ecuador no tiene cifras de la cantidad de compatriotas que trabaja en la informalidad, pero estima que de quienes ya residen en todo el país de forma legal, al menos el 70% labora en estas áreas. Así lo indicó Alfredo López, representante legal de esta organización.

“El tema laboral es complejo, por un lado, y fácil por el otro. Es difícil por el tema de la regularización”, insiste Febres Cordero. Al referirse a lo sencillo, habla de la preferencia que hay por muchos de sus compatriotas para negocios relacionados con las ventas y la atención a los clientes. “El venezolano, de alguna forma, ha venido a ser un aporte en ese aspecto”.

Así como muchos ciudadanos extranjeros optan por las ventas informales -por la falta de otras oportunidades-, son varios quienes han conseguido trabajos estables, incursionar en su propia profesión y hasta emprender nuevos negocios solos o en conjunto. Reconocerlos es sencillo.

Mariana Piñango es licenciada especialista en perfusión (manejo de un sistema para cirugías cardiotoráxicas). Mientras se da una breve pausa para salir de los quirófanos, saluda con al menos cinco personas del mismo hospital en el que trabaja desde hace dos años. La conocen doctores, trabajadores y pacientes.

Piñango cuenta que en reiteradas ocasiones también escuchó que le está quitando el trabajo a alguien más, pero dice que hoy la convivencia es más llevadera.

Antonio Billoti, de 31 años, también se asesoró antes de llegar a la ciudad, hace más de un año, y se contactó con otros socios con quienes ya administra su propio restaurante de comida italiana, en la República de El Salvador. Su local está en una zona donde abundan restaurantes y cafeterías.

“Muchas personas siguen buscando alternativas de sustento distintas a su profesión, por ello optan por la informalidad”, enfatiza López.

En el sur también hay venezolanos que sortean el tránsito para vender golosinas, helados o chochos con tostado y limón, como André Pereira, quien aún sigue buscando algo relacionado a su carrera profesional. “No nos podemos quejar, pero es difícil mientras no tengamos nada seguro”.

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